Esa noche estaban juntos de nuevo, ella se había tomado unas vacaciones y él la esperaba con ansias, quería abrazarla, amarla y no dejarla ir. 

Como no sabía cocinar, le dijo que se preparara para una "cena rápida", que comprara el vino que deseara y algún otro alimento para picar. 

Al abrir la puerta la observó, estaba tranquila, hermosa y con una blusa gris de siempre, prefería andar de ese color para no parecer tan llamativa. 

Conversaron un poco de su viaje, de la familia y ella le mostró las cortinas que había comprado para el apartamento nuevo. 

Cansada le dijo para ir a la cocina, tenía sed y necesitaba un vaso de agua. Mientras ella bebía, él recordó que con esa camisa gris habían tenido sexo salvaje. 

Sus pezones marcados bajo la tela, su vientre mostrándose cada vez que ella subía y bajaba para poseerlo y sentirse libre. Ese fue el detonante. 

La buscó en la cocina, donde ella ya estaba probando la pizza. La admiró. Sus curvas, su piel, su tatuaje y la tomó con dureza pero suavidad por el cabello. 

La besó en el cuello, la apretó contra si para que sintiera su bulto en el culo, le mordió esos labios finos y entrecortados, allí de espaldas a la nevera la penetró, con furia casi rasgándola hasta el estómago; en la cocina de su casa, la que sería su nueva casa para siempre.