¿Sabes cuál es el efecto de la música en mí?, le hice esa pregunta de entrada. 

Quise saber si ella estaba consciente de eso. Una vez, en tono de burla y en serio, me comentó que no había canción que yo no reconociera. Incluso en algunos de nuestros recorridos por la ciudad, yo jugaba a tratar de identificar las canciones a la misma velocidad con la que hacía "zapping" en la radio del carro.

3 segundos, (...) Soda Stereo; Signos. 6 segundos, (...) Pink Floyd, Comfortably Numb. 2 segundos, (...) Nirvana, Smells Like Teen Spirit. Y así íbamos, ella retándome y yo echando mano de mi memoria auditiva. 

No sé si ella sabe que la música para mí es paz, es irme a otro lugar donde todo se apaga y un estimulante tan fuerte como cualquier droga que existe en el mercado.

La música para mí es tan o más importante que cualquier otra cosa, pero como dijo Alexander Supertramp, la felicidad que me causa es verdadera si es compartida. 

Ella debería entender que el valor de una canción, de un acorde, de un soundtrack o de un disco se incrementa cuando lo escuchamos juntos. 

La paz es difícil de conseguir, pero sin lugar a dudas, existe en esos momentos en que la música, ella y yo somos uno. Un sonido que viaja en el universo y se queda flotando en el aire eternamente, como un momento de unión que quedará guardado como una grabación de la verdadera felicidad.