La noche caía fría sobre la ciudad. Las pocas luces que iluminaban las avenidas, resaltaban en los vidrios empañados de los vehículos que pasaban a mi lado, las caras de sus pasajeros eran largas, pensativas y recordando un pasado que nunca volvería.

Yo, absorto en el semáforo miraba a través del parabrisas las siluetas que se difuminaban en muchos puntos que confundían mi mirada, mientras en la acera y sin darse cuenta que yo la perseguía, ella caminaba despacio hundida en sus pensamientos.

Minutos antes había salido de casa como era costumbre, enfundada en un largo abrigo negro pegado al cuerpo, botines de tacón que estilizaban aún más sus piernas casi perfectas y una bufanda para combatir el frío.

Seguí sus pasos unas cuantas cuadras hasta que observé que se montaba en un carro que la esperaba en una esquina, no pude ver lo que sucedía dentro pero rápidamente emprendieron la marcha.
A los 15 minutos ya habían aparcado en un famoso hotel de la capital, como ella me había dicho antes durante una noche de confesiones, sus amantes "nunca la llevaban a un matadero u hotel de mala muerte". Estacioné fuera y abrí un libro. Probablemente la espera sería larga.

Fueron una, dos, tres, cuatro horas en las que mi mente no dejaba de recrear lo que le estarían haciendo. Probablemente la lanzó a la cama y la encerró entre sus piernas, siendo un verdugo con su virilidad mientras ella fingía querer escapar. La despojó de su ropa lentamente y admiró el paisaje de curvas y lunares, esos que usó para enamorarme a mí también y seguramente, como yo, los besó uno a uno.

Mientras las letras de mi libro saltaban frente a mis ojos, en aquella habitación ocurrían mordidas, besos, cuatro manos danzando. Los senos de ella, sus piernas recibiendo penetraciones fuera y dentro. Ella sobre él, con sus caderas a un ritmo desenfrenado.

Sabía que estaban cercanas las cuatro horas, ese tiempo que ella usaba para liberarse de su rutinaria vida y alejarse de mi para disfrutar de sus placeres ocultos. Por eso, imaginé que como ya ambos estaban a punto de acabar con todo, él se aferró a su cuerpo, presionando sus pezones. Disfrutó poseerla porque sabría que lo haría en todas las maneras posibles y para siempre.

Salieron del hotel, como siempre, él en su carro y unos minutos después ella caminaba hacia una cabina telefónica. Noté en su andar la excitación de la mujer recién amada, y más adelante descubriría que esa noche las sorpresas no terminaban, pues debajo de su vestimenta únicamente había dos pequeñas piezas de lencería negra que apenas cubrían sus insinuantes curvas, todo lo demás se lo había dejado a su amante de recuerdo.

Como era de esperarse, mi teléfono estaba sonando. Era mi mujer, que llamaba para que la pasara buscando porque ya su reunión de trabajo había terminado.

Colgué, esperé que se fuera de la cabina telefónica y fui lentamente al lugar donde habíamos acordado.

Unos minutos después ya estaba en el carro, absorta en el teléfono mientras yo la miraba de reojo. Seguramente por el batir de sus hormonas o ganas de reavivar las llamas de la sesión sexual anterior, quiso jugar conmigo.

Se quitó el abrigo, vi su hermoso cuerpo solo cubierto por un conjunto de lencería de encaje negro. En mi mente me convertí en unas manos buscando sus senos, como un cazador que conoce a la perfección cada zona, cada escondite.

Quería que fuera conmigo como con su amante. Imaginaba que se sentía muy excitada, que buscaba saltar sobre mí y seguir portándose muy mal.

En mi imaginación mi mano derecha estaba dentro de su panty, explorando, tentando. Estaba bastante mojada, eso la excitaba. Con mi mano llena de fluidos acaricié sus senos, su abdomen. Estacioné en una zona solitaria, para arrimar mi cuerpo contra el suyo y busqué su feminidad, la descubrí húmeda y ávida de placer, así que le di lo que ella pedía a gritos sin siquiera pronunciar una palabra. Introduje mis dedos una y otra vez con violencia, con desenfreno, mientras ella jadeaba, se estremecía y movía sus caderas para que entrara dentro de sí mucho mejor.

Rápidamente volví a la realidad. Ella seguía en su teléfono, así que no se dio cuenta cuando saqué el arma y le disparé. Una, dos, tres, cuatro veces.

Pude ver el brillo de las balas atravesando su cuerpo, ella alcanzó a verme mientras en su mirada se escapaba su vida y en sus heridas, su sangre corría diluida junto a los fluidos de su amante. Le di un beso, la abracé y salí del carro, llorando de alegría y de pesar por un amor que nunca más volvería a mí.