Una gota es privilegiada cuando sale de la ducha, porque va directo hacia cualquier rincón de tu cuerpo y recorre tu piel como si fuera un amante anónimo.

Al caer sobre tu pecho, navega ese canalillo que se forma entre tus dos hermosos senos que, erizados por el agua fría, se tornan de un color más oscuro que el resto de las zonas cercanas y apuntan hacia el frente como un arma queriendo dispararle al más valiente.

Esa gota continúa su camino gravitatorio hasta el ombligo, y si tiene suerte, puede llegar hasta el corazón de tu feminidad. Allí causa sensaciones extrañas, rozando puntos álgidos que pueden evaporar el líquido y humedecerse más que el agua.

Luego de disfrutar de ese lugar lleno de rincones profundos, la gota extasiada cae por tus perfectas piernas, que son las causantes de deseos que se estrellan como un auto que quiere esquivar las curvas de una autopista.

Finalmente, esa gota besa los dedos de tus pies, cayendo rendida por tu belleza y deseando nuevamente acariciarte.

Observa hacia arriba y siente envidia de otra gota que cae por tu cuello impulsada por un movimiento de tus caderas, se resbala por tus hombros - esos que fueron los causantes de aquella primera explosión nocturna - y se dirige estrepitosamente a tu espalda.

Besa tus lunares, tu tatuaje admirado por muchos y se adentra en la calle marcada por tu columna, que es el canal perfecto para llegar a tu trasero.

Un trasero redondeado, deseado y que es una montaña rusa de emociones, que impulsa a la gota por tus nalgas que hacen que se estrelle contra el piso y muera llena de deseo, enamorada de tu cuerpo efímero y de esa perfección que consideras inexistente.