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Después de muchos años regresó a la playa de sus sueños. Allí, los niños corrían en la arena mientras sus padres los sujetaban de las manos, el sol brillaba incandescente y todo le inspiraba felicidad.


Era un paisaje perfecto, el agua azulada, el arrullo de las olas, el aroma a naturaleza que embriagaba su mente y la brisa que la bañaba de una tranquilidad que en la ciudad estaba cada vez más ausente.

Sintió paz y una súbita alegría de encontrarse frente al horizonte; observando en el infinito esa línea que marcaba el límite en el que el cielo se confundía con el mar y que siempre le causaba sensaciones que solo ella entendía.

Rememoró todas las veces que había estado en esa playa, nada había cambiado, incluso ella, en su interior, aún se sentía como una niña juguetona.

De pronto quiso sentir la energía del océano, el movimiento de los diminutos granos de arena húmeda bailar entre sus pies, la brisa cálida recorrer su cuerpo y el calor cubrir su piel, tan brillante y casi perfecta a pesar del paso del tiempo.

Tenía que bañarse en el mar, que el agua besara cada uno de sus lunares, ser una con la naturaleza.

Antes, miró al horizonte para agradecer por cada día de su vida y tener la oportunidad de estar rodeada de tanta gente que la quería, algunos muy cercanos y otros, a los que pronto comenzaría a descubrir y conocer.