Cada noche, antes de dormir, me sentía un poco más transparente que el día anterior. Mi piel parecía papel traslucido, filtrando los aces de luz de cada lámpara de mi casa.
Para divertirme, como lo hacía cuando era niño, colocaba mis dedos cerca de mis ojos y apuntaba hacia una bombilla, definitivamente estaba desapareciendo.

Podía ver mis músculos, los huesos de mis dedos y el movimiento de mi corazón. En algunas oportunidades pensé en llamar a un estudiante de medicina para que me usara como Conejillo de Indias, pero tal vez no habría considerado divertida mi propuesta de ser su instrumento viviente de estudio.

En las mañanas, antes de salir a la calle, trataba de hacerme más visible colocándome primero una franelilla, luego una franela y después la camisa. Intentaba tener tanta ropa encima como fuera posible, para evitar que caminando, en medio de la gente, semejara a un fantasma y la luz me atravesara como si tuviera un cuerpo de vidrio.

Mi piel se estaba degradando progresivamente. Una tarde, estaba tan aburrido que decidí comer frente al espejo. Fue espectacular ver cómo los trozos de comida entraban a mi boca, se trituraban y luego caían en una montaña rusa directo a la piscina de ácido en mi estómago.

Luego el proceso era un poco complejo. Si era carne, mi organismo comenzaba a trabajar lentamente, pero si era liquido, todo llegaba rápidamente a mi vejiga. No quiero ni describir cómo fue ir al baño después de ese almuerzo.

Finalmente el día llegó. Desperté, en medio de una ensoñación tranquila, me desperecé y al quitar las sábanas que me cubrían me di cuenta que mi cuerpo estaba, pero a la vez, no.

Esa mañana decidí desaparecer. Salí a la calle sin ropa, sin nada que me cubriera y nadie podía verme. Desde ese momento fui libre y ahora vago entre todos sin que se den cuenta que estoy entre ellos, simplemente, vivo por vivir, sin que nadie sepa que existo.