Cada día estaba más desesperado. Su vida cambiaba a pasos acelerados y lo que conoció hasta hace un año, ya no existía.


La familia poco a poco estaba desintegrándose. Si le dieran un mapa para marcar lugares donde tenía allegados, todos los continentes quedarían iluminados como un árbol de navidad mientras su ubicación, la de él, todavía seguía siendo en el mismo lugar que lo vio nacer tres décadas atrás.

Aunque sabía que no era un problema que lo afectaba exclusivamente, lo angustiaba sobre manera que el dinero se escapaba de sus bolsillos como el agua se derrama entre los dedos de las manos.

Pensaba que no existía escapatoria, el tiempo jugaba en contra y él estaba al tanto. Por eso, comenzó a usar un revolver .38 en la pretina del pantalón para sentirse un poco más seguro, no solo de todo lo que le rodeaba sino para protegerse de sus propios demonios.

Una noche, cansado y agobiado, decidió sacar todas las balas del arma y dejar solo una, la elegida. Inició una ruleta rusa con el cañón pegado a la sién. Uno, dos, tres; el estruendo rompió el silencio.

Un haz de luz pareció cortar como un laser su cabeza para dejar parte de su humanidad pegada en las paredes. Su cuerpo permaneció inmóvil. El revolver cayó y todo terminó.

Así como su nacimiento lo colocó al azar en un país sin futuro, el azar de una bala terminó su sufrimiento y lo puso de nuevo en las manos de un destino infinito.