Las mujeres extrañas son las que resultan más llamativas. Esas que no parecen niñas, sino que se visten con unos jeans ajustados, un sweater por encima y hacen creer que sonángeles negros caídos del cielo.


Son esas que las invitas a salir y te dejan desconcertado, porque simplemente parecen una amiga más, una persona más. Lían un cigarro, se sientan con las piernas cruzadas sobre la silla y comienzan a hablar con tal parsimonia que te hacen olvidar que estás rodeado de millones de personas.

Mientas estás en esa burbuja, comienzas a maquinar cómo tenerla. Pero ese es el problema. Esas chicas extrañas son las más difíciles de alcanzar, ¿por qué? porque debajo de toda esa capa de normalidad hay mil y un enigmas por resolver.

Cuando quitas el jean, el sweater, la sacas de su confort y la llevas a un territorio desconocido, tal vez puedes conseguir a una mujer casi perfecta con cuerpo hermoso, mirada taciturna y totalmente quieta esperando que des el primer paso.

Pero te quedas paralizado porque no sabes cómo reaccionará. Sigues embobado en los detalles mínimos. Su cabello negro, sus labios, su cuerpo, su trasero, su piel marrón casi blanca, pero no te atreves a tocarla, ni siquiera abres la boca.

Las mujeres extrañas son esa debilidad. Esa debilidad de sentirte viviendo en otro plano, totalmente desarmado mientras simplemente sueñas con tenerla un minuto en tus manos para saber qué significa la gloria.