Esa noche te sentí como nunca antes. Aunque estabas a varios kilómetros de distancia, solo te veía a través de una pantalla y me habías dado la noticia que jamás esperé escuchar, esa noche fue realmente especial.
Te hablé como debí haberlo hecho cinco años atrás. Te di las mil y un razones de por qué me gustabas, te expliqué también por qué fui un cobarde al no atreverme a dar el paso que te convertiría en mi chica especial (mi mejor amiga), traté de rememorar algunas cosas que vivimos y te reafirmé, en verbo presente, que aún me hacías sentir ante ti como el ser más indefenso del mundo.

Milagrosamente, tú también hablaste demasiado. Me explicaste tus razones, aseguraste que seguías siendo tan lenta como aquellas veces en que no captaste las señales que te daba para que fueras mía y de nadie más, y me di cuenta, que aún eras la mujer contradictoria que una vez me enamoró con locura.

Me ofreciste pellizcos, pero también abrazos. Me dijiste que te ibas a casar, pero también que te parecía una locura estar hablando conmigo hasta las 4 de la mañana. Y la mayor contradicción de todas: confirmaste que ya todo estaba en el pasado, pero también que nuestras conversas eran bastante relajantes como siempre.

En medio de ese mar de razonamientos también pude imaginarte durante ese momento sublime en el que me mostraste tu pijama y milimetros de tu piel quedaron al descubierto. Solo ese pedacito de piel me hizo querer abrazarte, tal vez besarte por primera vez y sobre todo, observarte, observarte y perderme de un mundo volátil y sumergirme en la quietud que me da tu presencia.

Aunque no lo creas, esa noche comprendí que lo nuestro pudo convertirse en algo verdaderamente perfecto a pesar de nuestra cobardía, errores y como dices, cosas que ya no vale la pena rescatar.