Califernando era un gatico juguetón. Todos los días corría cazando todo lo que se movía. El carrito de cuerda, las chiripas, la pelota que rebotaba de aquí para allá, nada se movía sin que él lo viera.
Siempre pensaba que era valiente. Pero un día, cuando estaba divirtiéndose con las hormigas, escuchó un rugido que lo asustó tanto que tuvo que esconderse debajo del mueble.

Era un animal enorme con una larga trompa, sin ojos y sin boca. Por donde pasaba, se tragaba cualquier cosa y rugía sin parar.

Califernando tenía miedo. Cada vez que su papá agarraba ese animal, corría a esconderse, se echaba en la cama a esperar que el rugido terminara y tratar de dormir un poco.

Una tarde, pensó que no podía estar así. Tenía que ser valeroso. Cuando escuchó el rugido salió corriendo contra el animal, primero le maulló pero el animal no paraba. Luego trato de pararlo con sus garras, pero todo seguía igual.

Al final entendió, no era un ser vivo sino una máquina. Era una máquina que no podía hacerle daño. Empezó a olerlo por todos lados, lo tocaba con la pata y cuando fue a oler por la punta de la trompa, sintió que le iba a tragar el hocico.

Era una aspiradora. No había nada de que tener miedo. Puso su patica en la trompa y vio cómo la aspiradora, a medida que rugía, se la dejó limpiecita y con todos los pelitos en su lugar.

Se puso patas arriba y vio como su papa le pasaba la trompa de la aspiradora por toda la panza. Sentía como el animal se tragaba todas sus pulguitas.

Desde ese día Califernando luego de bañarse, maullaba pidiendo que lo aspiraran para quedar limpio y feliz. También descubrió que los miedos había que enfrentarlos, siendo valientes y sin esconderse.