Cali era un gatito especial. Al nacer se dio cuenta que era único. A diferencia de sus hermanitos tenía un hueco cerca del ombligo por donde le salía una pancita, por allí entraba aire a su cuerpo y aunque los otros gatos se burlaban de él por parecer que estaba gordo, su mamá estaba orgullosa porque era diferente. 

Al ir creciendo, Cali comenzó a sacarle provecho al hueco en su barriga. Para evitar resfriados o que la comida se le saliera por allí, le pidió a su mamá que le hiciera un cinturón. 

Se ataba una cinta roja alrededor de la panza y salía a jugar con sus amigos. Al pasar los años Cali estaba aún más grande pero no abandonaba su cinturón rojo. 


Sus patas eran fuertes, sus bigotes más largos y sus manchas en la cara le hacían un antifaz. 

Corría, saltaba, rodaba sobre sus patas y el cinturón rojo seguía allí. Junto a sus hermanos imaginaba que estaba disfrazado con capa, cinturón y antifaz. 

Todos los días se tocaba su panza, se miraba su cinturón y reía de felicidad, gracias a ese hueco en la barriga había descubierto su verdadero poder: ser un gatito especial vestido de super héroe.