05 julio, 2020

Reflejos


¿Solo me pasa a mí? Cuando tengo un momento de felicidad extrema, a los pocos minutos de que este finaliza siento que caigo en un pozo sin fondo de tristeza y podría decirse de depresión.

Abro y cierro los ojos como hacen los niños en las películas de terror para eliminar a los fantasmas: tapa tus ojos por cinco segundos y cuando los abras, ya el monstruo no estará ahí. Yo lo hago con un motivo completamente distinto: para volver a recordar todo lo que viví.

Es que aunque la memoria es como un gran almacén gigante de recuerdos, quisiera poder volver a ver todo lo que experimenté en esos momentos de alegría y perfección.

Quisiera que se reflejaran ante mí como si salieran de un proyector, y no, no me gusta grabar o ver videos porque me parece que tienen algo de ficción y artificios poco creíbles, yo quisiera volver a vivir el pasado.

¿Les pasa? A veces antes de irme a dormir siempre pienso con todas mis fuerzas, ¿será que puedo soñar esto una vez más?

27 junio, 2020

Película: "A Single Man" (2009), recuerdos en sepia que duelen para siempre


Año: 2009
Duración: 99 min.
País: Estados Unidos
Dirigida por: Tom Ford

Reparto: Colin Firth, Julianne Moore, Matthew Goode, Ginnifer Goodwin, Nicholas Hoult

Sinópsis: Los Ángeles, 1962, Crisis de los misiles cubanos. George Falconer (Colin Firth), un maduro profesor universitario británico y homosexual, lucha por encontrarle sentido a la vida tras la muerte de Jim (Matthew Goode), su compañero sentimental. Encuentra consuelo junto a su íntima amiga Charley (J. Moore), que también está llena de dudas sobre el futuro. Kenny (Nicholas Hoult), un estudiante que se esfuerza por aceptar su auténtica naturaleza, acecha a George porque ve en él a un espíritu afín. 

Las experiencias durante nuestra vida definen nuestra personalidad. Nos van moldeando, ¿o tal vez golpeando?

Van surgiendo frente a nosotros como las olas, fuertes e indomables, que vienen una y otra vez cuando estamos dentro del mar agitado, obligándonos a tomar aire, hundirnos y esperar en el medio de un rugido ensordecedor. Todo es gris alrededor y luego, cuando podemos salir a la superficie, toma un color vívido, hermoso, resplandeciente. 

Así era la vida de George, el protagonista de "A single man", viviendo en un sepia nostálgico, lleno de remembranzas y solo cuando experimentaba mínimos detalles de felicidad volvía a ver todo a color y normal. Lo entiendo, durante mucho tiempo he vivido así. 

Estoy bajo las olas, dejándome llevar por la corriente y a veces, cuando por ejemplo me detengo a acariciar a Califernando, mi gato, a oler su cuerpo peludo y ese espacio entre sus orejas, allí todo se transforma en algo tan real, tan bonito, a color, tan humano, que me provoca seguir viviendo. Luego como un click, vuelvo al color sepia.

George estaba atormentado por una pérdida amorosa, de esas que cambian tu vida en cuestión de minutos y no entiendes qué ocurrió, sabes que ya nada volverá a ser lo mismo. Son escenas que hemos sentido y experimentado. Como aquella vez en que iba a la universidad y en cada rincón veía a la mujer que me hizo soñar, ver la vida de otra manera y que incluso me acompañaba a escuchar las clases. Era como si las palabras del profesor fueran creando su recuerdo ante mis ojos. 

La decisión de ver en sepia o a color es difícil, complicada, porque quieres evitar caer en una realidad ficticia de esas que son tan perfectas que duelen, que sabes que cuando se acaben te enviarán a lo más profundo de las tristezas. 

Sé que soy una persona una tanto negativa, escondiéndome en lo gris y viviendo pocos momentos en los que sonrío, cometo locuras, pero luego de tantas olas que me han golpeado, es mejor mantenerse bajo la superficie para solo salir cuando sabes que estarás a salvo, experimentando por al menos unos segundos eso que muchos llaman felicidad, efímera, pasajera y dolorosa cuando se recuerda. 

24 junio, 2020

La montaña


Escalé al tope de la montaña. Por primera vez la había visto vestida de novia, con un velo blanco reluciente reflejando rayos del sol como si fuera un espejo.

Siempre me habían seducido sus laderas, escarpadas, indómitas y con caminos salvajes, no sé, pero las comparaba con la vida.

Primero intentando subir, luego encontrando la ruta más cómoda y más tarde, al dar un paso en falso, perder lo avanzado y tener que retomar lo andado.

Sin embargo todo eso quedó atrás cuando desde la cumbre observé la ciudad en todo su esplendor, dormida, quieta y mínima, en calma.

Tomé fotografías, observé y me senté a descansar. Y allí pensé ¿valió la pena llegar a lo más alto?


20 junio, 2020

Un toque de esperanza


Después del accidente solo quería morir.

Era una cosa, un maniquí de piel, huesos mal ajustados en su sitio y muñones casi cicatrizados para tratar de disimular esa unión donde alguna vez hubo extremidades. Solo me quedaba mi mano derecha a la que le dieron un uso muy especial.

Cada día abría mis ojos y alguien proyectaba en el techo escenas paradisíacas: una playa, un amanecer, pasajeros saludando desde un crucero, el lanzamiento de un cohete espacial; imágenes para hacerme creer que aún era humano.

Nada más lejos de la realidad: sentía como a través de las sondas conectadas a mi estómago iba entrando la comida, lentamente, sustancias espesas como una papilla que unos minutos después volvían a salir por una sonda trasera pero con olor nauseabundo, marrón y más espeso aún.

Respiraba gracias a una máquina que subía y bajaba eternamente, inflando mis pulmones como globos y ellos levantando mi pecho como si allí hubiera vida. 

Pero la peor parte se la llevó mi corazón. Durante la cirugía en la que decidieron mantenerme despierto abrieron un pequeño canal por mi traquea por el que introdujeron dos cables -uno azul y uno rojo - que iban por un extremo conectados directamente a la aorta y por el otro, no hay manera de entenderlo sino lo explico como me lo dijeron los doctores:

"El azul es el positivo, va directo a una batería que debe ser cargada manualmente. Y el rojo es el negativo, conectado a la punta de su miembro masculino que funcionará como una bobina: cada día tendrá que conseguir un orgasmo que será la chispa que alimentará la batería y también su corazón, sino lo logra, morirá."

Al escuchar eso, vi que el camino era muy fácil. Al no tocarme, moriría de un infarto y conseguiría el descanso. 

Lo que no esperaba era que al primer día, cuando estaba cayendo el sol y la batería comenzaba a dar señales de morir, una mujer enfundada en lencería sexy entró a mi habitación: sin decir palabra usó mi cuerpo para masturbar su boca, sus curvas y sus cavidades, luego de media hora, la batería estaba cargada y mi corazón despierto nuevamente. 

Así pasaron dos meses, 61 días, día a día la misma enfermera me usaba para calmar sus deseos y avivar mi corazón. A la tarde del día 62 no apareció, me sentí desfallecer, las advertencias de la batería eran cada vez más fuertes y mi pecho comenzaba a agitarse. 

Tal vez aquella mujer no había podido llegar, seguramente al día siguiente volvería, así que usé mi mano derecha y me masturbé frenéticamente. En segundos todo volvió a la normalidad. Sí, no podía perder la fe. 

Pero no sucedió, todas las tardes siguientes esperaba a la enfermera hasta el último respiro de la batería y allí usaba mi mano. Mañana sí, mañana sí, me decía, mañana si volverá. 

Al final entendí para qué habían dejado mi mano derecha: la mujer había sido un entrenamiento para convertirme en una cosa sin alma, sin humanidad pero con algo que en el fondo sabía que era una locura: un toque de esperanza. 

18 junio, 2020

Un sueño


No lo podía describir. Sumergirme en las profundidades del mar era como volar hacia abajo.

A medida que movía mis extremidades no me importaba que el agua estuviera prácticamente congelada o que la luz se extinguiera a cada metro que avanzaba.

Extrañamente no me faltaba el aire, era como si al alcanzar cierto nivel de paz mis pulmones funcionaran mejor que en la tierra.

Me sumergí, más y más hasta que todo estuvo oscuro a mi alrededor. De repente un fino hilo de luz emergió del fondo del mar, como un dedo haciendo señales para que siguiera el camino que indicaba.

Como si fuera una cuerda, lo tomé entre mis manos y recorrí su camino. Cuando toqué la arena, fangosa y apretada por la presión de miles de litros de agua, sucedió un terremoto. Todo a mi alrededor se movía, era como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos.

Ante mí se abrió el fondo del mar y comencé a caer, miré hacia arriba y el agua ahora era el cielo. Ambas masas azules estaban unidas como dentro de una burbuja, en una batalla infinita para intentar unirse como agua y aceite.

La velocidad de la caída era como de un meteorito a punto de chocar contra el suelo. No hubo golpes secos, ni explosión. Solo abrí mis ojos ante un nuevo día. Todo había un sueño.

16 junio, 2020

Hogar


Caminar a la medianoche por una ciudad vacía puede resultar en una experiencia terrorífica pero a la vez nostálgica. 

La luz amarilla de los faroles que producen sombras tenues, tristes y apagadas a medida que vas avanzando hacia tu destino.

Los semáforos que van cambiando de colores como unos autómatas, dando indicaciones a unos automóviles que pasaron por ese mismo lugar horas atras y de ellos solo queda el recuerdo.

El sonido de tus pasos se hace más fuerte, como si a medida que caminaras fueras colocando un ladrillo para ir enterrando un pedazo de tu memoria.

Miras a una esquina, te acuerdas de la vez que justo allí tomaste un taxi para ir a la primera fiesta con un grupo de amigos. 

Pasas por el almacén ahora abandonado, ese donde muchas veces compraste el licor que borró tu mente por unas horas, ves acostado sobre el asfalto a un ser humano, perdido, ahogado en sus penas y a sus pies unas cuantas latas de cerveza. Te imaginas que ese pudiste haber sido tú si hubieras seguido los pasos del pasado.

A medida que te acercas a tu destino sientes que a tus espaldas se van apagando todas las luces, quieres mirar atrás pero no puedes, te da miedo, temor.

Piensas si mañana será diferente o todas las noches permanecerán estáticas, indiferentes, suspendidas en el tiempo. 

Al llegar a casa te acercas a la ventana y ves la ciudad iluminada, hermosa, distinta, caes en cuenta que la oscuridad la llevas en tu mente, en tu pasado y en la nostalgia que te invade al momento de colocar un pie fuera de esas cuatro paredes que llamas hogar. 

14 junio, 2020

¿Qué es el amor?


En estos días de otoño solo hay dos estados físicos posibles: frío en cada extremidad del cuerpo o un calor tibio que emana de cualquier manta o inclusive del cuerpo de otro ser vivo.

Cada día me divido entre esos dos estados, saliendo del frío para entrar al calor, unos minutos después enfriándome para luego volver a buscar algo tibio, es un ciclo que se repite durante las 24 horas.

Igual trato de repetirlo en Califernando, mi gato, a veces lo veo enrollado como la Tierra, sí sobre su propio eje, en posición fetal y voy en busca de una manta para colocarsela encima. ¿Entenderá esto como un acto de amor?

Lo hago de manera sincera, sin esperar nada a cambio, tan solo para cuidarlo y permitirle unas horas de mayor comodidad, tranquilidad y un sueño reparador.

Algunos pensarán que lo hago de manera automática, sin pensarlo, que haría lo mismo por una persona y que tal vez, él no me devolvería el gesto. Pero creo que sí, en cinco años he entendido que el amor no conoce de especies, de palabras, de caricias o miradas, solo se trata de desear que el otro esté bien.

El amor es...¿Complacer? ¿Entender? ¿Acompañar? Sí todo eso y más. Con una mascota o un gato o perro hijo, se tejen lazos que duran para siempre y que son más fuertes que una relación con una persona.

Por eso alguien me dijo hace poco algo que me demostró que el cariño y amor es un sentimiento que trasciende tiempo, espacio e incluso más allá de lo humano. "Si dejo de estar contigo, creo que no te dejaría de hablar tan solo para saber de Califernando".

Y eso es el amor...una relación que nunca se rompe, que será eterno hasta el final de los días incluso cuando no haya ninguna conexión física, de pensamiento o de piel. Como dice la frase cliché: el amor está en el aire.




11 junio, 2020

Repetidos


La vida es eso que pasa mientras estás sentado en cualquier lugar observando a la gente que está a tu alrededor.

Tantas experiencias, sueños, expresiones, pensamientos, te hacen sentir como si estuvieras orbitando en medio de un universo desconocido.

Lo interesante es observar, saber distinguir a cada quien y aprender a identificarlos, porque al final ellos se convierten en nuestro propio reflejo. Todos somos partes del otro.

Las vivencias se parecen, generalmente los sentimientos también: amor, tristeza, ansiedad, depresión, alegría, desgano; también las expresiones: sonrisas, disgusto, sorpresa; es como si nos repitieramos pero con distintas caras.

Por eso hay que ponerse en los zapatos del otro, esa es la clave de observar, entender y tratar de empatizar con los demás para asi conectar a un nivel más profundo.