Una de las tendencias en las grandes bandas de música es que por su filas han pasado individuos enigmáticos—a veces incomprendidos—que tienen simpatía por las sustancias sicotrópicas pero con una facilidad para hacer canciones que trascienden más allá del tiempo.

Esto lo digo en base a la historia de dos personas que murieron hace unos años y sin embargo aún siguen sonando en la mente de muchos. Ellos, desde mi punto de vista, fueron genios que estaban en otro nivel y nunca descubrieron la manera de afrontar un mundo que les pareció demasiado agobiante.

Syd Barrett (6 de enero de 1946 - 7 de julio de 2006), fue el guitarrista, compositor, cantante y uno de los fundadores de Pink Floyd, la banda que revolucionó la escena musical británica de la década de los 60 con una propuesta sicodélica y basada en sonidos que transportaban al público a otro nivel nunca antes escuchado.

Barrett fue un muchacho tímido, condición que se acentuó cuando perdió a su padre a los 16 años. A los 15 tuvo su primera guitarra eléctrica que conectaba a un amplificador fabricado por él mismo y desde la infancia sintió inclinación por el arte, sobre todo la pintura.
En Cambridge conoció a Roger Waters, con quien fundaría Pink Floyd y más tarde a David Gilmour, quien le enseñó sus primeros acordes y más tarde lo reemplazaría como guitarrista líder en la banda.

Ya dentro de Pink Floyd, luego de haber lanzado el disco "The Piper at the Gates of Dawn", Barrett comenzó a consumir LSD, uno de los mayores alucinógenos de la época y que, de acuerdo con amigos y conocidos, fue el causante de un gran daño en su mente, a tal punto de sumirlo en la esquizofrenia.

Tal como recuerda un amigo del grupo, durante su primera gira por Estados Unidos, Syd Barrett se sentaba en la tarima con la mirada perdida y no participaba con la banda. También constantemente miraba cajas de cereales como si fueran un televisor, es decir, había caído en un mundo paralelo del que le costaría salir.

Finalmente, por todas estas situaciones y su condición Syd fue expulsado de la banda y se refugió en casa de su madre. Desde allí grabó dos álbumes solistas que contenían un nivel nuevo de música sicodélica y aún hoy son considerados objetos de culto entre los fans.
Mientras tanto sus compañeros de Pink Floyd compusieron varias canciones en su honor (Wish you were here, fue una de ellas) y cuando murió por un cáncer pancreático en 2006, expresaron su pesar por la perdida de uno de sus miembros fundadores.

Syd Barrett, vivió en su mundo paralelo, el LSD colaboró para aislarlo y, de algún modo, crear en su mente una especie de aurora de la que su genialidad creadora no logró salir. Al final vivió en la soledad, en una especie de autismo para huir de la fama de Pink Floyd, y aunque suene discordante, murió millonario gracias a la banda, porque por cada disco le iban enviando un cheque por sus derechos como fundador.
Lee también sobre Kurt Cobain y Metallica
Otro grande de la música fue James Douglas Morrison (Melbourne, Estados Unidos, 8 de diciembre de 1943 – París, Francia, 3 de julio de 1971), mejor conocido como Jim Morrison, quien fuera cantante, co-fundador y líder de la banda "The Doors", una de las mejores de la escena musical estadounidense a mediados de la década de los 70.

James tuvo dos hermanos, un padre militar y una madre normal. Por la profesión de su papá, la familia debió mudarse muchas veces y vivir en varias bases de los Estados Unidos. Se cree que la vida nómada influyó en su actitud para ser un chico tímido, despegado de las cosas materiales y con un amor arraigado por la literatura y la poesía.

A finales de su adolescencia ya vivía solo. Tenía poca ropa porque el poco dinero que podía conseguir se lo gastaba en libros y, más tarde, decidió hacer una carrera de cine en la UCLA, donde se graduó pero nunca fue a buscar el título porque le perdió el interés a la carrera y al séptimo arte; simplemente estaba enamorado de la poesía.

Mudado a Los Ángeles, comenzó a vivir como en su infancia, siendo nómada vagando por azoteas de edificios, conquistando chicas y conociendo todo tipo de drogas; las alucinógenas como el peyote, la marihuana y su favorita, el LSD, que lo llevaron a adentrarse en la cultura hippie floreciente de la zona.

Posteriormente junto a Ray Manzarek, excompañero de clases, formaría los primeros intentos de los Doors, cuando Jim propuso que fueran musicalizados algunos de sus poemas.
A partir de allí, todo es historia conocida. Jim por su actitud tímida, de la que se dice lo obligaba a cantar de espaldas al público, comenzó a abusar de las drogas aceleradoras como la cocaína, para así afrontar sus temores y dejarse seducir por el chamanismo, la meditación y la búsqueda de la paz como lo dictaba la cultura hippie.
Finalmente murió en París, donde se recluyó para dedicarse a escribir poesía, gracias a la que publicó dos libros. Los problemas con la ley en Estados Unidos lo obligaron a alejarse de la música y, de algún modo, buscar una especie de anonimato.

Hasta el día de hoy, las circunstancias de su muerte son un mito. Extraños acontecimientos alrededor del hecho le dan al Rey Lagarto, como era apodado Morrison, una especie de aura supersticiosa que algunos insisten en alabar, asegurando que lo han visto caminando por París o en algún bar de mala muerte de Los Ángeles.

Morrison fue un gran poeta, excelente escritor y buscador de la paz interna. De acuerdo a conocidos tenía un alto coeficiente intelectual que desarrolló gracias a la lectura de los grandes de la literatura como Friedrich Nietzsche. Todo este compendio de cosas lo llevaron a ser lo que fue, un compositor espléndido que aún después de 40 años de su desaparición sigue generando fanatismos.