Cielo

Al dejar atrás las llamas del Infierno que había consumido su pasado, decidió ir a descansar, necesitaba reencontrarse consigo mismo y tal vez, recuperar el sueño que noche tras noche le rehuía.

Vivía en una pensión barata de al menos doce habitaciones, habitadas por toda clase de despojos de la sociedad. Maleantes, mendigos, prostitutas y asesinos, que como él, se daban cita en ese edificio maloliente.

Ya en su pequeño cuarto, que estaba marcado en la puerta con el 15-11, se sintió a salvo del mundo. Todo lo que le cobijaba era un colchón sobre una base de cemento, un escritorio donde se sentaba a cavilar pensamientos y un espejo que él mismo había roto días antes.

Se acostó con la mirada fija en el techo, le parecía escuchar todavía los gritos de aquella chica consumiéndose entre las llamas. Recordando esa escena dantesca se quedó dormido y finalmente pudo soñar.
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Abrió los ojos y su amada estaba allí, ambos estaban en una playa desierta. Ella tenía un traje de baño morado, su pelo negro húmedo por el agua y una sonrisa como la que había desaparecido años antes.

Ambos se besaron, juguetearon en la arena, se repetían que se amaban y se desnudaron con la mirada. Todo lo que él deseaba estaba en ese sueño, ese era su cielo, su paraíso.

Su chica le repetía que lo amaba, que jamás se separarían y que pronto su deseo se cumpliría, ella estaba embarazada. Un llanto de alegría lo cubrió, pero se dio cuenta que ya todo había desaparecido, el sueño ya no existía.

Preso de rabia saltó de la cama y fue al escritorio, tomó un cuaderno y escribió: "La felicidad no existe". La pistola que tenía fue a parar a su chaqueta y así se preparó para salir a cazar nuevamente.