Carolina regresaba de trabajar amparada por el atardecer de una típica ciudad costera. El aire pesado por el salitre, las calles calurosas a pesar de la cercanía de la noche y algunas personas que comenzaban a sentarse fuera de sus viviendas para acompañar el sereno.

Mientras se iba acercando a casa notó un movimiento fuera de lo común en los alrededores de su edificio. Los vecinos estaban arremolinados viendo hacia la azotea y una especie de ruido llegaba a sus oídos. Al estar más cerca pudo ver a Alberto detrás de un micrófono y con una guitarra guindada. A ella le pareció una locura que él estuviera allí cantando sin medir las consecuencias.

Primero no quiso prestarle atención y seguir su camino, pero al escuchar detenidamente pudo recordar aquella canción que él había compuesto para ella:

♫♪Lo que pasa en nuestras vidas
se puede solucionar
Solo debes decirme
que me puedes volver a amar♪♫.

Algunos vecinos decían que iban a llamar a la policía y se preguntaban a quién le estaría cantando ese loco. La música continuaba y Carolina—que siempre había sido sensata—decidió subir hasta la azotea para decirle a "su cantante" que se bajara de allí o iría a parar a una celda por al menos una noche. Él no le prestó atención y continúo cantando tres canciones más. Mientras, Carolina escuchaba sin saber por qué no podía irse y dejarlo en ese lugar para que se lo llevaran preso por alterar el orden público. 

Al finalizar el pequeño concierto, Alberto recogió sus equipos y poco a poco la gente se fue dispersando. Carolina se iba también pero él le hizo un gesto, le dio un Cd, la saludó de manera cortés y respetuosa; -No has cambiado nada—fue lo único que se le ocurrió decirle. 
Conversaron de todo un poco mientras la noche caía. El cielo se transformó en una bóveda celeste y la luna brillaba en su máximo esplendor. Los recuerdos del pasado hicieron de las suyas y sin saber cómo, diez minutos después ambos se estaban besando y retozando en el frío piso de la azotea. 

Alberto dejó la guitarra a un lado para recorrer lentamente el cuerpo de aquella chica con la que fantaseaba y que tanto extrañaba.   Primero le mordió, lamiendo y besando cada centímetro de las orejas. Bajó por su cuello mientras ella le halaba el cabello que, al parecer, tenía como seis meses sin cortarse. Siguió hasta su pecho, mordisqueando, palpando y sintiendo el calor de ambos cuerpos.

Carolina no pudo más, se quitó la blusa y el sujetador. Alberto tomó aquellos senos con sus labios, probó aquel sabor amargo que no había encontrado en otra mujer y sintió como poco a poco iban creciendo por la excitación. Le besó el vientre marcado por dietas y más dietas que no habían podido borrar algunos kilos demás y poco a poco la terminó de desnudar. 
Ella también hacía lo mismo, iba palpando los escasos músculos de su amante, recordando el lugar exacto de los 83 lunares que tenía en el cuerpo y notando los tatuajes; esas marcas eternas de un pasado que nunca volvería.

Surgió un baile de caricias irrefrenable, sus manos pasaron por lugares que nadie más había tocado y sus cuerpos volvieron a ser uno. Danzaron bajo las estrellas, se sintieron, se probaron y se entregaron al placer. Carolina sentía su interior estallar mientras recordaba que Dios sí existía. Le pedía a Alberto que descubriera lo más recóndito de su humanidad mientras ella le arrancaba trozos de piel de la espalda.
Ambos sintieron tocar el cielo y cayeron exhaustos. Se acostaron en el frío suelo a observar estrellas y así quedaron dormidos, presintiendo que al día siguiente se despedirían nuevamente sin saber cuándo se volverían a encontrar.

Esa noche, Alberto dio el segundo concierto de su vida, pero sin duda, el mejor. Le regaló a Carolina tres canciones y le demostró que dos personas cuando se unen de verdad por una primera vez, quedarán unidos por el resto de su existencia con una energía guardada en algún lugar que en cualquier momento puede surgir para recordar los amores olvidados.