Uno de mis mayores temores se materializó esta noche. Mientras me veía al espejo, logré observar a mi verdadero yo.

Mi cara estaba totalmente deforme; una cicatriz cubría mi boca, mis ojos eran dos huecos profundos, mis pómulos estaban desgarrados y parte de mi cabello no estaba. Mis dientes eran inexistentes y mis orejas, al parecer, habían sido arrancadas. Todo era una imagen de piel chamuscada.

Quise gritar aterrorizado, pero nada salía de mis cuerdas vocales. Busqué la manera de expresarme, pero mi lengua estaba cortada por la mitad. Pensé que todo era una mala pasada, un espejismo; traté de tocar mi cara con mis manos y mi piel se despedazaba como las escamas del cuerpo de un pez.

Golpee el espejo buscando desaparecer mi imagen pero fue peor, sentía que aún mi deformidad estaba allí. Por ello, decidí acabar con mi vida. Tomé un gran trozo del vidrio que hice pedazos, lo coloqué cerca de mi cuello, lo hundí en mis venas y lo giré de lado a lado. Poco a poco la sangre fluyó, comencé a ahogarme con ese liquido espeso y morí.

Al día siguiente encontraron mi cadáver, lo único a mi alrededor era un espejo roto y, la causa de mi muerte, un gran corte en mi yugular. Mi cara estaba perfecta, el miedo me había engañado haciéndome ver a los demonios que habitaban en mi ser, todo fue el resultado de un juego macabro del destino.