Pasé mucho tiempo en medio de la nada, no sentía, no veía, estaba sumergido en la inmensidad de la penumbra que me acorralaba, flotaba a la deriva. Finalmente, luego de un tiempo infinito, un chispazo iluminó todo hasta dejarme ver un posible horizonte y allí, el tiempo se aceleró de manera vertiginosa. 

Comencé a escuchar de nuevo unos latidos que corrían rápidamente como los de un ratón. Luego, para mi sorpresa, mi cuerpo estaba creciendo. Alrededor de mi corazón, se formó mi pecho; mis manos, mis piernas y una masa gelatinosa, que supuse que sería mi nueva humanidad que se multiplicaba como un virus que se replica millones de veces por segundo. Después de un tiempo, no sé cuánto realmente, ya tenía una estructura de huesos que semejaban a un suave plástico, costillas, columna, dedos, hasta uñas. 

Ya sentía, ya escuchaba pero aún no podía ver, como siempre, esa sería una sorpresa, porque ese es el quid de la vida, poder avizorar todo en su complejidad para tener un conocimiento completo de lo que nos rodea. 

Cada vez estaba más fuerte, me movía inquieto para salir de esa oscuridad, de esa niebla en la que me sumergí luego del fin del mundo y de la que deseaba escapar para tener una nueva oportunidad. 

Finalmente, comencé a patear frenéticamente, mi pie estaba en mi boca y mi cabeza, necesitaba ver luz, tenía la necesidad de un universo más grande y brillante. En ese momento, una enorme mano me tomó por mi cuello y haló, primero suavemente y luego con fuerza. Nuevamente había nacido para repetir un ciclo, o tal vez, no.