La guitarra sonaba como nunca antes. La única luz en la habitación era la del cigarro que desprendía líneas naranja por todo el lugar. La madera estaba fría sobre mis piernas, mientras sentía la vibración de cada cuerda en mis músculos, era como el palpitar de mi corazón que para ese momento se había ido a galopar por un espacio desconocido y que tenía años sin visitar. 

Mientras la llama consumía poco a poco el cigarrillo para convertirlo solo en cenizas, trataba de jugar con la poca claridad del cuarto e imaginar que los fantasmas llegaban para aplaudirme como ese público inexistente al que he estado esperando toda la vida y que, generalmente, se escapa de mis manos como el agua cuando se intenta atrapar firmemente. 

A medida que las notas chocaban contra las paredes acompañando a la luz de la llama que había muerto unos minutos atrás pero aún resplandecía en mi recuerdo, dejé que la guitarra sonará por si misma dominada por la vida propia de la música y me levanté del sofá. Con mis dedos acaricié el aire y con mis ojos besé esa oscuridad casi absoluta, comencé a sentir la presencia del pasado. 

De repente la nevera se abrió e incendió de claridad todo el ambiente. Allí hurgando en la gaveta de verduras estaba la número uno, completamente desnuda de espaldas a mí con sus nalgas respingadas y su vulva chorreando de placer. Me quedé absorto en su culo y cuando se volteó sus grandes tetas parecieron desafiarme, aunque nuevamente todo fue oscuridad para volver al presente recordando el momento en que con ella dejé de ser niño para convertirme en un hombre animal. 

La guitarra seguía sonando mientras el olor del tabaco me tenía drogado, caminé al sofá y allí me recibió la número dos. Casi blanca café con leche, hablando hasta por los codos casi mareándome. En un arranque de placer me quitó los pantalones, se sacó sus pequeñas tetas color carne y comenzó a hacerme sexo oral, mientras me veía con cara de chica de mala vida hasta que me hizo tocar el cielo que rápidamente se hizo oscuridad. Mi mano había hecho el trabajo para recordarme a la segunda y ahora, mis potenciales hijos estaban deshaciéndose en la pared. 

Extenuado por el orgasmo me tiré en el piso. Cojí la guitarra y toqué de nuevo para renovar las notas del ambiente. Encendí otro cigarro y la llama me llevó a una cocina que no había visitado en años. Allí la número tres me contaba un sueño, en el que se masturbaba con las esquinas del gabinete y que luego al despertar, su mente le había jugado sucio y la obligó a desnudarse y terminar el sueño en la cama de sus padres, jugando con sus manos y el cepillo eléctrico que era su juguete casero para momentos de soledad íntima. 

El olor de aquel desayuno me revolvió el estómago, en medio del apartamento vacío y abrumado por los recuerdos, comencé a vomitar todo mi ser. Me bañé en vomito, me revolqué sobre él y llené las paredes, la guitarra, mi cabello y hasta mis ojos. Trataba de respirar, pero solo salían restos de comida. Corrí a la ducha en medio de la oscuridad, me desnudé y me metí bajo el agua. Mientras me limpiaba lo cochino de mi cuerpo y pensamientos, la número cuatro me saludó. 

Tenía cara de niña pero sus ojos tenían una mujer perversa escondida. En lugar de la esponja para quitarme el vomito, usó sus tetas y sus nalgas, su boca y sus manos. Me puso pegado contra la pared y usó mi pene como un destapador para abrir todas sus tuberías corporales, sí todas. Sus caderas se movían y nuevamente, me hizo llegar. 

Abrí los ojos y nuevamente estaba solo, el resto de mi contenido estomacal había desaparecido en el agua y solo me quedaba el recuerdo de la cuarta. Comencé a escuchar risas, la guitarra sonaba de manera loca y salí corriendo a la sala. Allí estaba el cuarteto de mi vida, señalándome y gritándome obscenidades de todo lo que habían hecho por mí. Me apuntaban como al culpable de todo lo que ocurría en mi vida, sus manos tomaron vida para empujarme, apretarme las bolas hasta hacerme chillar, pellizcarme las nalgas, morderme las tetillas y, como en una venganza, torturarme. 

La uno fue a la cocina nuevamente para abrir todas las hornillas de la cocina; pude presentir sus intenciones. La dos y la tres me veían con furia, mientras se besaban entre ellas y se daban placer, lamiéndose y tratando de invitarme a una fiesta que ya estaba pérdida en mi vida. La cuatro solo observaba mientras hacía las maletas, seguramente no quería hacerme daño.

La tetona salió de la cocina para buscar la guitarra. La tomó entre sus manos reventándola contra el piso; las astillas se clavaron en mi piel, todo era real y me hacía sangrar. Un extraño olor me sumergió en un sueño pesado. Mientras trataba de buscar a la cuatro, que continuaba ordenando nuestra vida, pensé en el cigarrillo encendido y en las hornillas abiertas. Con un clic, la habitación estalló en un gran resplandor que acalló las risas de esas cuatro mujeres, que no eran más que mi propia risa y mis propios delirios, mis recuerdos que llegaron una noche para cobrarme mis pecados.