- Mátame-
- No puedo hijo, lo siento
 - Mátame, solo te lo pido como un hijo a un padre
 - No puedo, de verdad
 - Por favor; si tú me creaste, tienes derecho a matarme
- Exacto, tengo el derecho a matarte y decido que aún no es tu hora
- ¿No te parece un poco egoísta de tu parte?
- Claro que no, tengo fe en que harás grandes cosas
- Olvida toda esa retórica bíblica. Creo que hablas demasiado. ¿Qué pasa con todos aquellos a los que has matado sin causas aparentes?
- Explícate, te escucho
- Me parece que solo lo dices por congraciarte conmigo. Mucha gente ha muerto sin terminar de hacer las grandes cosas que estaban en sus planes.
- Simplemente, era su hora, debía llamarlos
- Es decir, ¿te hacían falta?
- Algo así, es muy complicado de entender. Tiene que ver con el correcto orden de las cosas.
- Insisto, mátame. Si te digo que es el orden de las cosas que yo muera, ¿lo harías?
- No es tan fácil, sé que tienes todavía un trecho por recorrer.
 - Eres absurdo, creo que juegas con todos nosotros. Nos creaste por pura diversión, y así mismo nos vas eliminando a cada uno
- No digas eso, no es cierto.
- Lo es. Tu trabajo es fácil, mueves una cuerda y matas a miles en minutos. Siembras una pequeña enfermedad y el virus matará a millones en el transcurso de los años. ¿Uno más, uno menos?
- No lo haré. - Bueno, decidiré por mi cuenta. Somos perfectos en tu creación y nos diste la capacidad de elegir.
- Está bien, conociéndote creo que no lo harás. Te digo que tengo preparado algo bueno para ti.
- Es tarde, es tarde para mí.
- Quédate.
- Adiós.