Sus ojos siempre me han parecido peligrosos, retadores y cargados de ironía, siento que me ve como una amenaza a su ritmo, como una piedra en el zapato a la que hay que quitar del camino. 

Por eso he preferido adelantarme a sus intenciones, he decidido que debo borrarla de mi vida como se quita a una cosa insignificante. Le hablo, la confundo y así he logrado que baje la guardia, está sin protección, con un trapo entre la nariz y la boca le quito el aliento, se ha desmayado. 

No sé dónde puedo jugar con su cuerpo. Tal vez en un rincón oscuro, en un sótano donde conviven ratas, cucarachas y otras alimañas. Allí estoy, me divierto con su humanidad, pero no me mal interpreten, no pienso en esa diversión que lleva al orgasmo. Pienso en algo más metódico, en un trabajo con saña y con fuerza, para demostrarle que no soy tan inútil como piensa. 

Ya sobre la mesa de ese hueco nauseabundo, le he quitado la ropa, como lo imaginé no es bella, es una mujer común y corriente. Ato sus manos, sus pies y su cintura, ahora sí es tan inservible como siempre he pensado que es cuando la veo frente a mi. Con un martillo aplasto cada dedo y con una pinza arranco cada uña. Con unos clavos he abierto sus pezones, con aguja y alambre le cerré para siempre la posibilidad de tener hijos y su fuente de deseo. Aún está dormida por el sedante.

Abro sus párpados, sus ojos están aparentemente sin vida. Los dejo abiertos un rato, dejo caer un poco de azúcar, sangre y carne podrida, unos minutos después veo como los roedores acuden al festín, mastican sus ojos y tragan esos puntos profundos que tanto daño me han causado. Media hora después las ahuyento y compruebo que ya no hay nada en su cara que me pueda dañar. 

Las ratas han hecho un buen trabajo. Pego nuevamente la tapa de sus ojos. La visto y la dejo sobre la mesa. Quisiera esperar para disfrutar de la sorpresa que se llevará al despertar, volverá a la vida sabiendo que ya no me podrá destruir, que sus ojos nunca más mirarán con desdén a la humanidad.