La música le resultaba demasiado familiar, sí, eran las canciones que habían acompañado aquel fin de semana "santo" en que los dos tuvieron sexo como perros, con apenas una comida y pocas gotas de agua pero con un intercambio de fluidos que parecía conectarlos con el resto del universo. 

Tres años después de eso, ella cantaba las canciones habiendo olvidado ese episodio, solo pensaba en trabajo y ni recordaba aquellos momentos en que se había cogido a su novio de turno para olvidar al hombre que le "causaba efectos profundos en su carne". 

Luego de escuchar cada una de las canciones, él entendió que todo había sido un engaño, que aquella semana santa no había sido así por el deseo entre un par de recién enamorados sino porque, su ahora casi esposa, lo había usado para tratar de borrar deseos que la dominaban por dentro como una tormenta. 

Se sintió abatido, herido profundamente y quiso hacer algo para borrar la tristeza que lo estaba matando por dentro. Sí, esa era la palabra precisa. Matar. Mientras sonaba la música que había abierto la caja de pandora, fue a la cocina y buscó uno de esos cuchillos afilados que alimentaban las fantasías femeninas de su compañera. 

Fingió su mejor sonrisa, le pidió que cerrara los ojos porque le traía una cena exquisita. Sin decir nada, le abrió el cuello de extremo a extremo, mientras en sus ojos había miedo y desesperación. La música seguía sonando, él al fin se dejaba caer en el silencio de la paz, de la verdad mientras la sangre brotaba de aquel cuello perfecto por última vez y para siempre.