Trataba de dormir pero sus dientes me atravesaban como dagas. Las amarras estaban sujetas firmemente a los lados de la cama, mientras las brazas ardían alrededor de mi cuerpo.

La gigantesca bestia, aunque mi carne aún no estaba cocida, ya comenzaba a morder mis extremidades en medio de un festín gastronómico primitivo. 

Sabía que iba a morir, pero aún así me resistía en una falsa esperanza como un foco débil al final del túnel. En esa cueva, oscura e iluminada solo por las llamas, varias personas observaban cómo era devorado. 

Mi corazón latía fuertemente, bombeando la sangre que de manera natural debía correr por mis venas pero que salía por los huecos que dejaban los caninos de la bestia. Estaba muriendo desangrado, cocido y engullido por un animal.

Poco a poco fui viendo cómo mis piernas desaparecían para quedar solo en huesos, brillosos y llenos de baba. Necesitaba un shock que me quitarla la conciencia pero estaba viviendo todo. El animal, de un solo golpe, abrió mi pecho y como si de un plato se tratara, comió mis pulmones, mi hígado, mi estómago y mi corazón.

Debía ya estar muerto, pero mi cerebro vivía. Mi alma aún estaba activa. Desde arriba, vi como todas las personas se unían a esa carnicería para alimentarse de mi cuerpo: ojos, mejillas, orejas y cerebro, que parecía una esponja llena de sueños, recuerdos y deseos.

Ese día moría de la forma más horrenda pero también volví a renacer al alimentar a ese animal, a todos los que comieron de mi y ahora llevan consigo un pedazo de mi cuerpo.