Esa noche no la estaba tocando su novio, ese que la había hecho probar el cielo de distintas maneras y en diferentes lugares, sino un total desconocido que le resultaba familiar

Horas atrás la chica había tomado un taxi al salir de una discoteca y todo su mundo cambió al entrar al vehículo. Recorrió zonas desconocidas de la ciudad, trató de abrir las puertas para lanzarse al asfalto, gritó, chilló, pero nadie podía escuchar su desesperación, sólo el conductor incólume que manejaba hacia su destino.

En una habitación pequeña, totalmente oscura y carente de ventilación, fue maniatada. Una mano que saltaba de la oscuridad la abofeteaba, le daba puñetazos que poco a poco iban hinchando sus labios y dejándole en la boca ese sabor a oxido tan característico de la sangre, de vez en cuando recibía rodillazos a la altura de las costillas, y simplemente no podía defenderse porque sus manos permanecían atadas con un cable.

Tras unos minutos de recibir golpes, sintió que su cuerpo era un saco de piel que contenía puros huesos destrozados, ya estaba en una cama desvencijada y totalmente desnuda. El desconocido estaba sobre ella, lanzando improperios mientras la continuaba golpeando. Su boca estaba totalmente desencajada pero como pudo preguntó, ¡Por qué! A lo que sólo pudo escuchar como respuesta, ¡Lo mereces!, y el sonido de un cuchillo rasgó el aire.

En cuestión de segundos, la chica sintió como la hoja filosa de metal rasgaba sus costillas, su vientre, sus muslos y lentamente separaba su cuello y yugular en dos, por la posición en que estaba acostada la sangre comenzó a fluir hacia sus pulmones y tras unos minutos de lucha, murió ahogada sin saber quién había sido su atacante y cuál había sido la razón por la que le quitaron la vida.