Estoy cansado, agotado y aturdido por las olas que golpean mi cuerpo desnudo. Floto boca arriba observando el cielo, las estrellas y la luna que se refleja en el agua; la negrura de la noche me recuerda la existencia de un universo infinito, vasto e indómito.

Este océano, al que he tratado de dominar por un año exacto, al parecer me ha ganado la pelea. Sus corrientes salvajes evitan que llegue a la otra orilla, a esa orilla donde la felicidad me espera y donde al fin podré descansar.

Durante mi lucha en estas aguas feroces me he topado con obstáculos, y otras veces me encuentro con recuerdos: unos pequeños que me sirven de tabla flotadora y otros tan grandes como un barco para navegar.

Nada es fácil en este mar, los remolinos son fuertes y me atrapan, me hunden y me llenan los pulmones de agua salada; grito, gimo y me sumerjo, creo morir pero pienso en la otra orilla y vuelvo a salir a flote.

Los tiburones también me ven como carnada, sus aletas hacen una danza dantesca a mi alrededor mientras esperan a que me rinda, ellos son los carroñeros que zurcan las aguas esperando por comida. Mientras tanto, sigo flotando (...), quisiera hundirme de una vez por todas y dejarme ahogar por este mar, un mar al que me lancé hace un año pensando que me abriría sus puertas, dejándose dominar, sin embargo, no ha sido fácil nadarlo, creo que no me dejará llegar a mi meta, mi objetivo; la otra orilla.

Ya es hora, cierro los ojos y escucho los tiburones, sus aletas me golpean, sus dientes brillan en la noche y mis extremidades comienzan a ser arrancadas, mi sangre tiñe de un rojo vinotinto el agua de este mar. Trozo a trozo me convierto en alimento de estos animales, finalmente he muerto y si alguien me estaba esperando en la otra orilla, nunca lo sabré.