La música clásica para ella era la mejor manera de relajarse tras una jornada de trabajo. Se sentaba desnuda junto a su cello, colocaba las Cuatro Estaciones de Vivaldi y dejaba que las notas fluyeran desde las bocinas, entraran a su cuerpo por sus oídos y volvieran a salir a través de sus dedos para llenar toda la habitación.

Cada poro de su cuerpo se estimulaba a medida que la música iba "in crescendo". Primavera con el canto de los pájaros, Verano con el llanto del pastor por la cercanía de la tormenta, el Otoño con la alegría de los labregos recogiendo la producción de la cosecha e Invierno con los sonidos del temblor del cuerpo por el frío.

Todas esas sensaciones eran para ella un cúmulo de estímulos que casi nunca compartía, en su soledad sentía cada una de las estaciones pasar por su humanidad y excitarla para luego llevarla a soñar en su cama con un amante anónimo. Sin embargo, una noche un amigo del trabajo la acompañó a su piso, tomaron vino, vieron tv y finalmente, como una táctica de cortejo comenzaron a sonar las Cuatro Estaciones. La chica le pidió unos minutos a su invitado para ir a su cuarto; allí se desnudó, colocó perfume en algunos lugares clave y fue a la sala. 

El chico quedó hipnotizado por las curvas de su anfitriona y la vio como se sentaba detrás del cello para comenzar a ejecutar las notas de Vivaldi. Se miraron fijamente y parecieron comunicarse por telepatía. Él se situó cerca de su cuello; la besó en los hombros, las orejas, las espalda y palpó su espalda, sus caderas y su cintura. 

Ella era profesional y a pesar de las caricias que recibía, la música fluía mejor a medida que las manos de su amante se desplazaban por su cuerpo. En "invierno" su piel ya temblaba de excitación. Al terminar la interpretación, se besaron y la ropa terminó de desaparecer. El cello sirvió de escondite para las cuatro manos que recorrieron los rincones más íntimos de la pareja. 

Finalmente allí mismo en el piso, al lado del instrumento musical el chico la tomó para recorrer su cuerpo. Quiso convertirse en un Vivaldi y rememorar las notas, así que con sus dedos presionó sus senos erectos, su vientre abultado e imaginó al compositor componiendo una canción. Hurgó entre su entrepierna pensando en el climax de la interpretación, sus dedos presionaron los puntos claves para crear gemidos "musicales" y con su boca besó las piernas, los pies para luego subir hasta el cuello de la chica mientras se iban haciendo uno solo.

Se unieron en una música erótica que quedó en sus momentos, como la pieza magistral de Vivaldi que los juntó de una manera artística, sensual y cargada del mejor sexo que habían experimentado al dejar abrir sus sentidos abrazando el arte clásico.