Hoy encontré la ciudad totalmente descuidada. Toda la gente se veía ensimismada, a mi alrededor estaban desconocidos que me generaban temor. 

El estrés corría por mis venas, las sienes me temblaban y un sudor frío recorría mi espalda. Las cornetas de los autos, el hedor de un cuerpo ajeno, el humo de los escapes, los ríos de motorizados que aparentaban trabajar para robar en el mínimo momento; todo eso me hacía odiar a la capital. 

Llegué a mi casa para tratar de descansar. Mi ropa quedó encima de la cama mientras observaba el techo, mis sentidos aún estaban alerta y no encontraba paz. El incesante sonido de las agujas de reloj, una gotera mal cerrada, todo eso me generaba más desesperación. 

Decidí irme nuevamente a la calle, me puse cómodo, tomé un cuchillo y cerré la puerta tras de mi. Al salir a la acera, la calle era diferente, más silenciosa y calmada. 

Caminé un poco y allí estaba una razón para calmarme. Ella estaba en la parada de transporte, seguramente pensando en su hogar, sus padres, sus problemas o imaginando su futuro. 

Era hermosa; ojos claros, cuello largo y refinado, caderas anchas y piernas carnosas. Su cabello lacio ondeaba con la brisa que me hizo sentir su aroma a rosas, sí; ella me daba motivos para estar más tranquilo. Mientras me acercaba, busqué la excusa perfecta para hablarle; aunque a centímetros de ella decidí cambiar de opinión. 

Esperé que volteara a verme y en cuestión de segundos le atravesé el cuello con el cuchillo, no pudo gritar y la sangre que brotaba me llenaba el rostro al mismo tiempo que la acuchillaba en el estómago. Sentí que su vida se iba entre mis manos... Finalmente me había relajado.