Hace 55 años en Venezuela la mayoría popular estalló en lágrimas de alegría, vitores y consignas patrióticas porque finalmente caía el general Marcos Pérez Jiménez, quien con mano ferrea condujo al país por seis años y lo sumergió en lo que muchos tildaron como dictadura, entre ellos, mi familia. 

Mi abuelo, los primos de mi abuelo, mis tíos e incluso mi padre fueron víctimas de ese gobierno; inclusive un primo de mi progenitor murió de pulmonía por las torturas a las que fue sometido. Por eso seguramente, y lo digo porque yo ni pensaba nacer para ese entonces, ellos fueron los que más celebraron la caída del tachirense. 

Su alegría fue valida, ellos merecían una mejor vida lejos de la persecución, los escondites y las mudanzas periódicas para no caer en manos de la dureza de la Seguridad Nacional. Sin embargo, ahora me cuestiono qué habría pasado si Pérez Jiménez culminaba su mandato.

Tal vez yo no hubiera nacido, mi papá hubiera quedado huérfano muy joven y muchos más venezolanos habrían muerto a manos del dictador, pero no era esto necesario para alcanzar un bien común, me pregunto hoy en día; y posiblemente esa era la certeza del general cuando estaba mandando. 

Puede ser que Venezuela en 2013 fuera distinta, con obras modernas hechas o impulsadas por el Gobierno pero completas; con autopistas enteras, sistemas de transporte innovadores y la mayoría de ciudades interconectadas como hoy están en América Latina. En eso Pérez Jiménez no estaba equivocado, tenía visión de futuro. 

¿Valió la pena derrocarlo? Creo que no, la alegría de una fecha pasó a ser la tristeza de 40 años. Mi familia, la mayoría ya fallecida, tal vez no imaginaba en qué se convertiría su país. Puedo decir, que hubiera preferido no nacer y ver cumplido el sueño de modernismo del dictador, a nacer para ver destruidas en la Venezuela actual los ideales de mi padre y todos los que ese día 23 de Enero de 1958 lloraban de alegría o tal vez, ¿de tristeza?.