El soldado estaba sentado en su punto de guardia. Era mediodía y el calor en la nación árabe era insoportable, ya tenía más de dos años en su misión pero aún no se acostumbraba a los avatares desérticos. Su mentalidad había cambiado, su cuerpo también y sus pensamientos no eran los mismos. Temblores en sus manos, gritos en medio de la noche y pesadillas que lo despertaban bañado en sudor eran parte de su situación. 

Mientras pasaba el tiempo, cada sonido de una bomba le provocaba ponerse en guardia. Su fusil entre sus brazos, la fuerza del metal le daba ánimos para seguir adelante y esperar que el ocaso le indicara que debía irse con su pelotón al campamento del grupo. El ruido de la turbina de un caza, que pasó rasante por el cielo, lo sacó de su tranquilidad. Con su ojo puesto en la mira, comenzó a otear las azoteas de edificios buscando un posible enemigo, lo más probable, inexistente. 

Vio a un hombre pegando a su mujer, quiso usar su arma pero ese no era su objetivo, además no era un asesino para resolver así ese tipo de problemas. En otro techo, observó a dos mujeres lavando la poca ropa que tenían, con el zoom de la mira pudo detallarlas, sus manos e incluso sus curvas; su cuerpo le recordó que aún era hombre y no una maquina de matar. Quiso ser como sus compañeros, salir en las noches a violar a las civiles pero aún le quedaba algo de alma. 

Haciendo su reconocimiento, aquellos cuerpos femeninos no salían de su cabeza. Para olvidarlas, se quedó viendo por el lente telescópico a un niño sentado en el borde de la azotea de su casa. Solo lo veía de espalda, pero pensó en fragilidad. Imaginó que ese niño no tenía futuro, que tal vez en ese país de guerras solo le quedaría morir a manos de una bomba o un atentado. Puso su dedo en su gatillo, pero lo retiró, qué cosas pensaba. Volvió a desviar su arma a donde estaban las mujeres, ya se habían ido. Siguió pensando en el niño. 

Con el rifle le apuntó de nuevo. Sus manos temblaban, su corazón le pateaba el pecho. Se debatía entre una solución para una vida o dejar que el destino continuara. De nuevo el dedo en el gatillo, fijó sus ojos en la cabeza del infante y los cerró, el disparo fue uno más del día. El pequeño cuerpo cayó desde el edificio, sus sesos quedaron desparramados en el suelo mientras su madre, lloraba y gritaba en torno al cadáver. El soldado quedó en estado de shock, una explosión lo sacó de su trance, ya estaban recogiendo lo que quedaba del niño. 

Continuó viendo por la mira, dos jóvenes hablaban cerca de la puerta de una casa. Un disparo al pecho de cada uno, en ese momento descubrió que su papel era ese, había sido enrolado para ser un héroe de su patria pero volvería a su casa como un asesino a sueldo de su gobierno.