Estoy encerrado en una habitación oscura. Hay muchas puertas que bajo sí reflejan un nuevo mundo tras de ellas. Abro una, totalmente vacía. Abro otra, también vacía. Me desespero, las golpeo y no hay respuesta.

Abro con cuidado otra puerta. Hay un perro pequeño, parece un doberman enano. Me agacho para acariciarlo, es el único ser vivo que he visto en mucho tiempo. Lo toco, he cometido un error. Se ha convertido en un ser maligno. Es gigante. Me ladra y amenaza con sus dientes de diamante. 

Me muerde, me arranca las manos. Su cola es como un látigo que hace peligrar la habitación. De un solo bocado ese perro de fuego me introduce completamente en su boca. Trato de sostenerme de algo, pero siento que voy cayendo a su estómago. Confieso que caer por su lengua ha sido una experiencia extrema.

Siento su respiración que me succiona como un remolino en el agua. El camino hacia su interior es oscuro, fétido, terrorífico. Me zambullo rápidamente en su líquido estomacal. Parece un océano. No ha sido tan mal, comienzo a nadar, flotar, creo que podría vivir acá y buscar una isla para asentarme. 

Un momento, todo comienza a salir. El perro me está defecando. Doy vueltas y vueltas, las ondas que se forman parecen un WC cuando tiras de la palanca. Es increíble, he llegado a sus intestinos. Me atrapan y como los músculos de una serpiente, se contraen y se expanden para dirigirme al final de esa maraña musculosa, al culo. 

Veo la luz, me están defecando pero cualquiera podría creer que estoy naciendo. Primero salen mis pies, luego mi tronco y después mi cabeza. Estoy tirado en el piso, cuando siento que el perro ha terminado de cagar, lanzándome también mis manos. Me las coloco como un guante. 

El cuadrúpedo se ha convertido de nuevo en el animal que vi al principio en la habitación. Le doy una palmadita en la cabeza por tan grata experiencia, me levanto. Cierro la puerta tras de mi. Es hora de irme.