Al estar tirado en mi cama pensé que sería bueno liarme un porro. Aunque nunca he entendido bien ese arte. Buscar el papel. La hierba. Abrir el papel. Separar la hierba. Colocarla. Una vuelta. Dos vueltas. Saliva. Armar el porro. Arrugar por un extremo. Sí, creo que me ha quedado bien el porro. Lo fumo. Siento ese olor a naturaleza. Sigo fumando. Es increíble como la marihuana causa un efecto de slow motion. Un delay de unos cuantos minutos. 

Una bocanada. Estoy en el centro del cuarto. Otra bocanada. Me reflejo en el espejo. Otra bocanada. Soy yo de joven. Ese joven que se fornicaba a un melón. Sí, estoy copulando con esa fruta tropical. Humeda. Chorreante. Con su pepita. Huele a mañana caribeña con aroma a marihuana. Sigo dándole al melón que ahora gime. El melón grita y es que se ha convertido en mi esposa. 

La tengo en cuatro. La tomo por las caderas. Ella también es una fruta exótica. La beso. Aspiro la marihuana. Sigo dándole. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Tengo sexo con mi esposa. La tomo por las caderas. Algo pasa. Veo mis manos llenas de sangre. La vulva de mi esposa es una piraña. Me ha mordido el pene.

Ya no tengo genitales. La piraña tiene sexo canibal conmigo. Me quita las piernas. Me traga los brazos. Ha acabado con mi vida. Estoy en su estómago, mientras ella salta y lucha por sobrevivir. No tiene oxigeno. La piraña sabe que va a morir pero está relajada. Está drogada por haberse comido a un marihuanero. Ella muere. Yo he muerto. Pero morimos felices. La marihuana es; eso, es felicidad.