Hace más de 4 años escribí sobre los olores caraqueños (http://bit.ly/1qpzSdl), esas señales nauseabundas con las que podemos identificar cada uno de los rincones de nuestra ambivalente capital. Amada y odiada. Agitada y tranquila. Hermosa y desordenada. 

Casi media década después de ese escrito sigo sintiendo esas cosas a las que debo agregar que de noche esta ciudad es terrorífica. No sé en qué especie de jungla se ha convertido Caracas, es un lugar que carece de luz o brillo. 
Después de las 8 de la noche las aceras lucen desiertas. Las calles reciben a unos pocos carros que tienen ojos bien abiertos, tratando de derrotar a la oscuridad. Cada esquina es una incógnita. La próxima cuadra a tomar es un riesgo. Un semáforo en rojo es la invitación a perder tus pertenencias. 

Si caminas afina tus sentidos. Una sombra, es una amenaza. Un ruido semeja a un disparo. Una moto es la mala versión de la carroza del diablo. Un peatón a tu lado es un asesino potencial. Una mujer. Un hombre. Un adolescente. Cualquiera te puede quitar la vida. Camina rápido. No ayudes a nadie. La señora que te da una indicación. El taxista que te pregunta una dirección. El policía que te pide los papeles. Ellos también te pueden matar. 

Si llegas a casa, da gracias. Cierra bien la puerta y duerme. Mañana será otro día, menos o más oscuro, pero seguirá siendo igual en Caracas, la selva que nunca duerme.