Aquella tarde decidí buscarte a través de mis recuerdos desperdigados sobre mi cama solitaria, en las fotos llenas de sonrisas pixeladas y ojos brillantes, hurgué en las notas de las canciones que constantemente se repetían en mi cabeza y en todos los rincones donde sabía que tu recuerdo podría dejar huella, continué así, cazándote por días sin lograr mi objetivo porque parecía que estabas un paso delante de mí.


Luego de la búsqueda infructuosa decidí ir más allá, recorrí la ciudad que estaba llena de autómatas, aquellos que diariamente copan las calles con movimientos rutinarios, unos caminaban al metro, otros observaban a través de la ventana de los autobuses, algunos mantenían fija su cabeza hacia el frente ensimismados y los que como yo observaban cada milímetro de suelo y caras, en una exploración para encontrar un preciado tesoro.


No te pude encontrar en las calles, tomé un taxi y fui visitando uno por uno los lugares donde en recuerdos aún estabas en cuerpo presente, entré al restaurante donde brindamos por nuestros ocho meses y simplemente estaba una pareja de ancianos que comía sin hablar y mirando los platos. De allí resolví pasar por el local de tatuajes donde una semana santa te llevé para que quedaras marcada eternamente con un símbolo de bienestar, estaba cerrada y efectivamente tampoco te encontré, continué caminando y fui a parar al terminal de un teleférico abarrotado de familias felices, subí a un funicular y mientras ascendía, recordé la vez que bajamos de la montaña riendo y compartiendo cosas que aún no conocíamos el uno del otro.


Ya en la cima del Ávila, el frío me tomó por sorpresa, vi una a una las caras de las personas y tu fantasma parecía estar allí, te busqué y sin resultados, bajé de nuevo a la ciudad tratando de pensar en donde más podrías estar, por lo que decidí tomar medidas drásticas…


El autobús que me llevaba a tu ciudad estaba oscuro, una película doblada al español sonaba mientras yo sólo pensaba en qué lugar estarías y por dónde continuaría mi búsqueda al llegar, por lo que decidí dormir y dejar que la noche pasara.


Al amanecer llegué a tu casa, golpee la puerta sin respuesta alguna, sólo la de tu perro viejo que ladró un poco pero luego acalló sus latidos. Bajé las escaleras, me sumergí dentro del taxi que me acompañaba y me dirigí a la costa; el sol brillaba e iluminaba la arena que parecía ser de diamante molido y calentaba el aire, comencé a observar a todas las personas sentadas en la orilla de la playa y al final me pareció observar tu silueta.


Corrí hacia aquella figura, un pareo azul como el que llevabas la primera vez que fuimos a la playa la cubría, su pelo negro como la noche y la piel rojo anaranjada me decía que eras tú. Llegué a tu lado y me senté, traté de hablarte pero no me escuchabas, estabas absorta mirando el horizonte y las olas que ondeaban el océano.


Seguía tratando de hablarte, sin respuesta alguna mientras observaba como lágrimas corrían por tus mejillas y quebraban tu mirada, así que sin pensarlo traté de acariciar tu cara y todo se desvaneció, de nuevo estaba en mi cuarto oscuro, acostado sobre la cama con la franela empapada, no sé si de haber llorado o de sudor, mientras en mi pecho estaba el porta retrato con la foto de ese beso que nos dimos entre los arboles de los jardines de la Universidad Simón Bolívar, te extrañaba y por ello en mis sueños te había ido a buscar.