Y llegó el séptimo día. Dios admiraba su trabajo de la creación. Veía los animales correr, la luz del sol, los árboles, todo esa inmensidad natural. Pensó que hacía falta algo, tal vez una mujer. 

Imaginó una feminidad perfecta. Grandes senos, caderas anchas, entrepierna jugosa y piernas que soportaran cualquier cosa. Dios sintió que algo debajo de su túnica crecía y se elevaba. 

Con sus manos se masturbó frenéticamente, una, dos, tres, cuatro golpes a su falo universal que al final estalló creando la vía lechosa, o como la llaman muchos, la vía láctea. 

Extenuado se durmió y no se dio cuenta que dos gotas de su semen divino cayeron sobre el suelo recién creado. En unos minutos, producto de aquel milagro de amor propio nacieron de la tierra, la mujer que había imaginado y un compañero para ella; el hombre.

El resto es historia. Esta pareja nacida de Dios descubrió el placer de la carne. A falta de otras tareas, el hombre y la mujer se dedicaron a descubrir su entorno y sus cuerpos. Fue tanto el deseo experimentado que su raza se reprodujo como un cáncer. 

Después de millones de años los herederos de aquella masturbación primigenia se habían olvidado de su creador. Poblaron cada rincón de ese mundo que le había dado Dios al primer hombre y mujer, hasta el punto que consumieron todo a su alrededor llevándolo a una explosión que hizo regresar todo al origen, a la nada.