#califernando

Calimero se levantaba todas las mañanas con mucha hambre. Primero daba vueltas en la cama, estiraba sus patitas, se lamía todo el cuerpo para bañarse y luego, lentamente, se acostaba en el pecho de su papá para que lo acariciara.
Cuando dejaban de hacerle cariño, empezaba a llorar. Primero muy suavecito, luego bajito y después lloraba muy alto. ¡Miau, miau, miau! decía Calimero para que le dieran comida. 

Su papá le decía que esperara. Él solo respondía: ¡Miau, miau, miau!, pidiendo comida. Como todo buen gatito, se quedaba al lado de su papá mientras cocinaba, de vez en cuando movía la cola, saltaba y otra vez decía: ¡Miau, miau, miau!

Al final, como caído del cielo, un trozo de jamón le pegaba en la cara. Calimero se lo quitaba con la patita, se lo comía y luego se saboreaba sacando la lengua unas tres o cuatro veces.

¡Miau, miau, miau! que rico estaba ese jamón. Calimero se iba feliz, directo a la cama a despertar a su mamá.

Ahora le tocaba a ella darle comida y atenderlo.