Aquella noche era primera vez que se veían luego de dos años de estar separados. Unos días antes se habían reencontrado en una galería de arte, lograron entablar una conversación y acordaron verse para hablar y pasar un tiempo juntos.

Como en uno de sus juegos de noviazgo, Alberto pasó buscando a Carolina por el trabajo par darle una sorpresa, ambos eran exitosos y de alguna manera sus vidas cambiaron, pero aún ambos conservaban ese toque pícaro de conquista y diversión en una relación.

Cenaron, intercambiaron miradas, entrelazaron sus manos y Alberto se atrevió a decir que en la ausencia de Carolina jamás había encontrado unos lunares tan hermosos como los de su rostro.

Él seguía hablando, detallando sus gestos, alabandola y buscando la manera de hacerle ver que aún la amaba, aunque esto no era necesario porque era obvio que ella también sentía lo mismo, pero algo había cambiado dentro de Carolina, ya no era la misma chiquilla y Alberto seguía siendo aquel hombre desolado, pedante y solitario que tanto la sacaba de quicio.

Sin duda aquella noche de la cena revivieron muchas cosas. Al finalizar, Alberto esperaba una respuesta con la esperanza de resucitar su relación, a lo que Carolina solo pudo decir:

- Te odio porque nunca he podido dejar de amarte, eres irresistiblemente terco, sorpresivo, sexy y detesto cuando dices que siempre tienes la razón-, mientras hablaban sus manos se sujetaban fuertemente y ella continuó,

- Lo peor es que la mayoría de las veces la tuviste, cometiste errores pero has crecido, es lamentable que yo sienta que al volver contigo pierda mi libertad otra vez. Definitivamente eres el hombre de mi vida pero no lo eres, te amo pero no puedo estar contigo-.

Así sin mas, Carolina se levantó de la silla, besó a Alberto en la frente y caminó a la puerta del lugar sin voltear. Ese sería el comienzo de un nuevo principio en su amor imposible.