Ella era una mujer soberbia; quería interponerse entre todas las personas a su alrededor y que sus deseos fueran designios para aquellos que se relacionaban en su mundo. Su personalidad era dominante, entregada a su trabajo de manera incondicional y única, a tal punto que la figura de su hijo de cinco años quedaba relegada a un segundo plano. 

Esa noche todo era distinto y por eso estaba aterrorizada. Estaba atada de manos y pies a un catre de alambre. Una cadena le atravesaba la boca a modo de mordaza y su ropa estaba totalmente rasgada. 

A las puntas de la estructura metálica, se ajustaban unos cables conductores que cada cinco minutos la hacían sentir el paso de la electricidad por toda su humanidad. Gritaba, se retorcía y sus músculos se tensaban de manera esporádica. Su mayor miedo, su hijo estaba encerrado en una jaula viendo todo el espectáculo.

El verdugo la veía directamente a los ojos, disfrutaba y saltaba de emoción al ver como sus huesos parecían iluminarse por el paso de la electricidad. Para darle mayor picardía al asunto, buscó una navaja y le hizo pequeños cortes por las costillas; y después de cada descarga la bañaba en agua salada; no solo para que la electricidad tuviera mayor conducción sino hacer que sus heridas parecieran encenderse en fuego. 

Ese hombre solo esperaba que aquella mujer, al que consideraba estar maldita, reconociera su amor de madre y admitiera que le aterrorizaba que a su pequeño le pasara algo. Pero eso nunca iba a suceder, su orgullo no se lo iba a permitir. 

Una medida extrema se le ocurrió al verdugo. Sacó al niño de la jaula. Desató a la mujer y le puso a su hijo en brazos, finalmente los sentimientos maternos afloraron y comenzó a llorar sin parar. Minutos después, ambos lloraban al unísono. La madre finalmente cayó en cuenta cuanto necesitaba ese pequeño cuerpo junto a ella. 

En ese momento, y antes de expresarlo con palabras, un disparo iluminó la habitación y cortó el aire. Ya el niño no respiraba y le faltaba media parte de la cara. El asesino lo había matado a sangre fría, sin pensarlo y sin vacilar, ahora la mujer gritaba con las manos ensangrentadas sosteniendo lo que quedaba de la cabeza de su hijo.

-Finalmente aprendiste lo que es amor de madre, lástima que tuve que hacer esto para que te dieras cuenta lo que es realmente necesitar, querer y proteger a alguien. Te dejaré vivir para que esta lección te quede para toda tu existencia-, esas palabras le hicieron más daño que cualquier cuchillo o electricidad. Mientras su captor la liberaba y se iba de la habitación, esa mujer había aprendido, ya muy tarde, la verdadera naturaleza de la vida.