Todo era tan difuso y confuso, intentaba continuar nadando pero unas manos ocultas bajo el agua me frenaban. Mientras evitaba ser ahogado por un desconocido, el océano estaba en calma; las olas danzaban suavemente en la superficie y el agua parecía picada de diamantes por el reflejo de las estrellas en el mar. 

Una noche de cada semana, independientemente del día, me lanzaba al océano para nadar bajo la luz de la luna. Primero flotaba para ver la bóveda celeste, cerraba mis ojos y me sentía a la deriva dependiendo de los designios de la corriente. 

Luego comenzaba a desplazarme por la superficie, escuchando de vez en cuando el sonido del agua al chocar con alguna estructura o el ruido de un motor de algún bote pesquero. Ese era mi lugar de comodidad, un sitio de reflexión y de reencuentro con mis pensamientos como lo hacía en su momento aquel viejo que se dedicaba a pescar batallando con un gran pez solo con su caña, mente y balsa. 

Ese día todo era diferente, yo continuaba haciendo esfuerzos para no hundirme pero ya estaba cansado. Esas manos invisibles seguían en su tarea de ahogarme. La primera vez, cuando me sumergí completo en la oscuridad del mar, sentía como el aire se escapaba de mis pulmones para ser reemplazado por el agua, lancé patadas y pude salir a flote para respirar. 

Pero eso continuó, luego de unas dos veces más, todo había terminado. Me sentí derrotado y me dejé hacer, el agua salada inundó mi cuerpo para ir apagando mi vida poco a poco. Ya después de morir, nuevamente el mar estaba en calma, la corriente seguía su curso y la luna brillaba. 

Nadie escuchó mis gritos ni pudo salvarme, las manos del pánico habían acabado conmigo de la manera más terrible.