Una nueva tentación

Dos días después de haber matado decidió salir a la calle para seducir a una nueva presa. Como siempre estaba buscando a una mujer, alguna de esas que según él sobraban en la actualidad, pícaras, seductoras, que usaran su cuerpo para engañar a los hombres y que sin duda, si morían la humanidad estaría recibiendo un favor.

La ciudad estaba atestada de gente. Las cornetas de los carros lo aturdían, a pesar de tener los audífonos de su walkman a todo volumen. En los semáforos los peatones parecían toreros, esquivando los vehículos y desafiando a la muerte al cruzar rápidamente.

Mientras tanto él seguía caminando, observando a cada lado, esperando una mirada, un aroma, un color de piel que le trajera recuerdos para así elegir a su nueva víctima.
Luego de unas horas de vagar por distintos lugares, muchos casettes de su aparato portátil cambiados y un calor asolador, un dejo de desesperanza lo invadió, al parecer ese día no obtendría su premio y se iría a casa solo. Emprendió el rumbo a su hogar, no sin antes, detenerse en una tienda de comida chatarra para llenar el estómago y así poder pensar mejor.

Aquel pequeño restaurante siempre estaba vacío, unas pocas parejas que se sentaban a tomarse algo y a soñar con fantasías irrealizables, algunos hombres que sorbían un café frío y otros como él que comían apresurados para seguir su camino.
Al sentarse se sumergió en un menú viejo y desgastado, eligió una hamburguesa con un nombre sencillo e hizo señas a la camarera para que se acercara.

Cuando la chica le preguntó que deseaba, su cuerpo se tensó y así supo que una nueva tentación estaba frente a él.
Sin mirarla le indicó lo que había escogido previamente y le hizo un ademán para que le trajera un vaso de agua.

Mientras se alejaba, la camarera no supo que estaba siendo detallada. Él la observó detenidamente. Piel morena casi anaranjada, cabello negro como petróleo, poco trasero y caderas, espalda un poco ancha y si su memoria no le fallaba, cuando la vio de frente pudo observar que no tenía senos grandes ni sugerentes.
Sin duda, una víctima fuera de lo común pero su voz un poco dulce, ligeramente aniñada era un detalle que podía servir para ser la elegida.

Diez minutos después, cuando su comida se acercaba en la bandeja sostenida por la chica, sí la miró fijamente. Ojos pequeños pero brillantes, una nariz que parecía tallada por un escultor, labios normales y unos lentes pequeños de marca. Así pues, todo se fundía en una extraña hermosura difícil de olvidar, efectivamente la nueva víctima había llegado.