Nosotros, los que transitamos Caracas diariamente, no podemos negar que está llena de distintos personajes y matices que hacen de esta ciudad una de las más vario pintas del continente.

A cada lugar donde se voltea se puede mirar cualquier tipo de persona; están los ejecutivos que caminan de acá para allá para ir a su trabajo, en cada semáforo se ven dos cosas; o un fiscal de tránsito que trata de domar el tráfico salvaje o un malabarista frustrado buscando unos cuantos cobres por sus habilidades, en el transporte público abundan seres de cualquier raza o estrato social y por último, en cada esquina, acera o rincón caraqueño están los mendigos a los que llamamos con distintos motes: locos, lateros o recoge latas, huele pega, ladrones o simplemente pedigüeños.

Para mi, esos abandonados a la buena de Dios por la sociedad, guardan dentro de su mente muchas respuestas a la realidad que los rodea, incluso a veces están más claros que cualquier persona normal con la que me topo diariamente, no digo que muchos estén verdaderamente locos y vaguen por las calles viviendo en medio de sus ilusiones causadas por traumas o por altas dosis de drogas, pero a veces es un gusto hablar con alguno de ellos, así sea para mirar el mundo a través de un prisma diferente.

En particular, me gustaría dar a conocer la vida de José Antonio, un latero que vive en los alrededores de Las Mercedes y Bello Monte, "vivo caminando de aquí para allá y duermo por ahí, siempre he estado en la calle", comenta cuando se le pregunta de su rutina diaria.

Su madre, ya fallecida, no tuvo la suerte de ponerlo a estudiar y lo dejó a la buena de la vida y sin un papel paterno porque nunca conoció a su progenitor.

- Desde joven he recorrido estas dos zonas, todo el mundo me conoce ya y no recuerdo cuántos años llevo en la calle, lo que sí sé es que son muchos porque, mírame, ya estoy viejo-, me dice mientras extiende su mano y saluda a una señora que siempre transita por allí,
-¿Cómo sigue su mano?, se le curó", le pregunta José Antonio a la dama mientras ella le responde, mi viejo, está mucho mejor pero hoy no tengo plata, la semana que viene sí te resuelvo con algo bueno-.

Estas son sus típicas conversaciones y, a veces, como me sucedió en una oportunidad, termina pidiendo como favor que le compren un café en el centro comercial. Ya las cajeras de la tienda lo conocen y solo dicen, - Ese es para el señor de allá afuera, un guayoyo con cuatro bolsitas de azúcar y doble vaso para que no se queme -.
Cuando le llevas el café humeante, José Antonio te lo agradece amablemente y te pide un sencillito para subsistir,
- Antes lograba pedir más dinero pero desde hace tiempo no puedo entrar al centro comercial porque la vigilancia está muy dura -.

Así transcurre su vida, sentado en una esquina cercana al Centro Comercial Paseo Las Mercedes. En la mañana lee el periódico "para saber qué pasa en el mundo" y luego se sienta a esperar por la caridad de las personas.

Creo que ya le he agarrado cierto cariño a este viejo latero, cuando puedo le doy dinero y hasta le ofrecí ropa vieja, pero, según él mismo me dijo,
-Solo me gustan las camisas manga largas, las chemises y franelas no me sirven-, esto debe ser mañas de locos aunque creo que por lo que he escrito anteriormente, José Antonio está más cuerdo de lo que muchos pensarían.
Mientras tanto creo que seguiré viéndolo en su mismo rincón hasta que un día, como dice la canción de "Mi amigo Sebastian" de Franco de Vita, se vaya a una mejor vida y no lo vea más, tal vez...porque no le va a dar tiempo de avisar.