¿Locura o cordura?, ¿No pensar o pensar?, ¿Instinto o experiencia?; esas son las tres preguntas que a veces definen mi vida. En ocasiones pienso que los seres humanos deberíamos dejarnos llevar por la locura para ser más felices; evitar pensar para lograr salir de momentos difíciles y obedecer a nuestro instinto para solucionar algunas situaciones que nos parecen imposibles de resolver; en fin, formar parte del mundo animal que nos rodea.

En base a las cosas que he vivido puedo decir que la locura, sin duda alguna, es un estado mental que raya en la poesía; gracias a ella podemos hacer las cosas que queremos sin esperar la aprobación de los demás, podemos sentir y mirar lo que sucede a nuestro alrededor con un prisma diferente y compartir con personas que a la gente normal le da cierto miedo.

Gracias a ese súbito momento en que abandonamos nuestro razonamiento podemos volar desde un avión en paracaídas, bañarnos a medianoche desnudos en una playa desierta para salir a la orilla y hacer el amor, manejar un automóvil a velocidades indescriptibles para sentir el poder de una máquina, lanzar una maleta desde la azotea de un edificio tan solo para ver la ropa volar por los aires, y así, muchas cosas imposibles de lograr si nos dejáramos llevar por la ilógica cordura.

La cordura puede resultar una mala consejera porque nos retiene como una camisa de fuerza, nos reprime y ata nuestros deseos más profundos, es ilógico que bajo el precepto de ser seres humanos que forman parte de una sociedad debamos evitar hacer aquello que nos haga realmente felices.

Todos necesitamos un toque de poesía en nuestras vidas, un toque de poética locura para olvidar y dejar atrás malos recuerdos, tal vez así logremos encontrar el verdadero motivo por el que estamos en el planeta (...), ese motivo que seguramente lo tuvimos justo en frente de nosotros y por la ilógica cordura lo dejamos pasar y seguir su camino.