La acosté sobre una larga mesa. La luz blanca iluminaba cada rincón de su cuerpo desnudo. Podía ver en detalle sus poros, las arrugas que le había causado el pasar de los años y sus músculos rígidos por el efecto del rígor mortis. 

Aún recordaba todas las noches que pasé en mi cama junto a ella. Por esa razón, quise sentir en mi boca ese sabor agridulce que todos los días me dio por casi cinco años. Al acercar mis labios a su piel, un frío mortuorio me atravesó los nervios. 

Lamí su cuello, besé su boca y tomé con mis dientes la punta de sus senos e imaginé que estaban calientes. Mi lengua continuó recorriendo el canal formado en medio de su vientre, hurgué en su ombligo y bajé a su entrepierna. Estaba completamente seca de muerte, nada reaccionaba a mis caricias y mucho menos el aire se cortaba por sus gemidos, todo permanecía en silencio. 

Seguí besando allí para humedecer un poco, inserté dos dedos pero fue como arar en tierra seca. Acaricié sus piernas, besé sus pies y luego volví a su cara. Le regalé unos besos en la punta de la nariz, los parpados y las mejillas. Al tratar de hacerle el amor, me uní a su cuerpo pero no fue como esperaba, todo era rigidez, piel cerrada y ni una sola respiración acelerada. 

Ella seguía muerta. Quería conservarla para siempre junto a mi. Busqué un bisturí debajo de la mesa, abrí su pecho y luego con unas tenazas pude romper su caja torácica. Aún su corazón estaba húmedo, algún resto de vida quedaba. Lo arranqué y lo probé, sabía a carne cruda. Mis labios se llenaron de su sangre y sentí que nuevamente mi amante de toda la vida estaba dentro de mi. Al final, nada quedó de ella, solo su presencia en cada rincón de mi cuerpo.