Hace 20 años, una mañana del 27 de noviembre de 1992, aproveché para escribirle una carta al Niño Jesús en vista que las clases en Venezuela habían sido suspendidas por la inestabilidad social generada por una nueva intentona golpista para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez. 

Hoy, luego de muchos días vividos, arrugas en mi cuerpo, el peso de la madurez y cambios en mi mundo, vuelvo a tomar esta fecha para tener una pequeña conversación epistolar con el hijo de María. Primero debo agradecer por el año que está por finalizar. 

Finalmente, como lo espera toda persona que está saliendo de los inicios de la etapa adulta para entrar de lleno en el desarrollo de la vida, sigo echando las bases para un futuro óptimo junto a una persona que me complementa, me ayuda, me ha servido de mano de apoyo y me ha demostrado todos los días que existe más que cariño en cada una de sus acciones. 

En el tema laboral, sigo pensando en ese objetivo final que en la actualidad le quita el sueño a más de uno, un proyecto que me sirva para independizarme y así cortar de una vez los lazos con el empleador, porque de algún modo u otro esa es una nueva forma de esclavitud en pleno siglo XXI; y a veces resulta intolerable por estar llena de injusticias, presiones e intensidad para imponer puntos de vista; la mayoría de la veces, erróneos. 

Por eso, para el año que viene, y ahora sí dejaré al niño interno que tengo para pedir algunos regalos, espero poder continuar cosechando éxitos y cosas para equipar mi nuevo hogar. Quiero también allanar el camino para conseguir un automóvil, y así, tener todo listo para sellar un compromiso que he venido buscando desde hace mucho tiempo y que al parecer, tiene ya todos los ingredientes para ser realidad. 

Mientras tanto, para mi familia, allegados y novia, deseo que tengan todo lo mejor del mundo; salud, bienestar, dinero y vida para compartir juntos. Todo lo demás vendrá poco a poco, por ahora, eso es todo Niño Jesús. Te espero el 24 de diciembre.