Siempre he sido un fiel defensor de ese estilo de vida que predica la sencillez como un modo de belleza, quiza por eso siempre me he enamorado de mujeres que le hacen guiño al estilo hippie.


Mujeres desaliñadas, que escuchan música indie, sin mucho colorete en la piel y con una alergia congénita a los accesorios y tacones (detalle que también tiene que ver con mi estatura).

Lo sencillo es hermoso. Nada como descubrir imperfecciones, lunares, cicatrices, ojeras, o detalles que hacen a cada mujer única e irrepetible en este universo de variedad para todos los gustos.

Sin embargo, ahora que lo pienso, en los últimos meses he caído en una contradicción bastante grave. Me encanta ver a una mujer maquillándose, arreglándose y acicalando su cuerpo como un arquitecto que modela una piedra para convertirla en una obra de arte.

Vale la pena fijarse en ese momento providencial. Sus manos tomando una pintura para delinear sus labios, una sombra para los ojos y un perfume para aromatizar la piel.

Para mí, es una experiencia parecida a la de ir a un cine. Ver cada detalle, cada mueca y ese gesto de concentración en su cara. Al final el resultado es exquisito, y caigo en la pregunta:

¿Maquilladas o sencillas?