Un día cualquiera

Carolina y Alberto ahora habían retomado una nueva rutina, luego de estar separados por dos años, todas las tardes al salir de sus respectivos trabajos se encontraban en un café para conversar y contarse las vicisitudes de la jornada laboral.

Alberto, que era el periodista, se encargaba de realizar las preguntas para Carolina. Cómo estaba el trabajo, cómo estaba la familia, cómo estaban los amigos y cómo se sentía en la nueva ciudad. Esta era la cartilla que iniciaba sus encuentros para luego desbandarse a otros temas menos formales y cariñosos.
Ella tomaba un jugo natural que revolvía con el pitillo como si fuera una niña pequeña, él sorbía un café expresso que le alcanzaba para toda la conversación. La comida era solo un adorno entre ellos, porque simplemente sus palabras los hacía perderse en fantasías, deseos y tal vez nostalgias del pasado.

Ambos sentían que los encuentros furtivos resultaban realmente bien, drenaban su estrés gracias a las risas producidas por la capacidad que tenían para hacerse tonterías y así, podían llegar a sus casas como si hubieran practicado algún deporte extremo.

Tres meses habían pasado desde su primer encuentro, casi 90 días de palabras, roces de manos, miradas esquivas y besos de despedida que rozaban tímidamente la comisura de sus labios, Alberto sabía que algo más estaba presente en esa mesa pero no quiso sacarlo a colación para no molestar a Carolina.

Una tarde, como todas las demás, llegó temprano al lugar, pidió la misma mesa del mismo rincón apartado y esperó, 30 minutos pasaron, Carolina no terminaba de aparecer por esa puerta que siempre cruzaba.

Recordó que por simples casualidades él tenía una tarjeta con la dirección de habitación de la chica al dorso. Sin dudarlo, pagó el café que había pedido y salió al tráfico salvaje de la ciudad. Hizo dedo a un taxi destartalado, se lanzó dentro y le pidió al chófer que lo llevara a una calle que estaba a menos de quince minutos del lugar.

Al estar frente al edificio alzó la vista para observar los ventanales del piso tres, una luz tenue iluminaba la habitación que ya estaba ansiando visitar. Se escabulló dentro de la gigante estructura, marcó el ascensor para llegar justo al frente de la puerta de Carolina, tocó suavemente y esperó unos segundos que le parecieron eternos.

Al abrir quedó sorprendida por la visita inesperada, sin embargo no pudo ocultar la luz en sus ojos que le produjo verlo frente a ella, como siempre rebelde, despeinado y desarreglado.
Lo invitó a pasar, le explicó que no había acudido a su encuentro porque la gripe la tenía en cama y necesitaba reposo. Sin decir una palabra más, Alberto la llevó a su cuarto para atenderla, así como cuando alguna vez durante su época de novios le había sostenido la cabeza mientras vomitaba por una indigestión.

Le hizo sopa de pollo, acomodó una bolsa de hielo por si la fiebre aparecía y colocó todo en una bandeja. Poco a poco fue alimentando a Carolina, le hacía juegos del tren y el avión para que comiera y luego la recostó para que descansara. Él, lleno de nostalgia se atrevió a colocarse a su lado y abrazarla por la cintura, sentía su respiración plácida y relajada que tanto lo enamoraba y así lograron quedarse dormidos para dejar que el tiempo pasara.

Alberto al abrir los ojos, pensaba que solo unos minutos habían transcurrido, pero la luz de la luna se filtraba por las ventanas y las gotas de lluvias golpeaban suavemente sobre los vidrios. Al voltear a donde estaba Carolina, ella lo miraba fijamente mientras con sus manos lo acariciaba en el cabello.

Enzarzados en esa rutina, sus labios se acercaron y sus cuerpos se unieron nuevamente como si fueran parte de un engranaje perfecto. Alberto la besó como nunca lo había hecho antes, probó cada centímetro de su piel de chocolate, la recorrió como la obra de arte que él consideraba que era y le susurró cuánto la había extrañado en todo ese tiempo.

Carolina solo recibía amor, sentía que su cuerpo era una flor suave y decidió que esa noche tendría a Alberto entre sus brazos de manera inocente, delicada y demostrándole que lo había perdonado. Luego de unas horas de jugueteos se unieron al placer, para terminar dormidos a la luz del amanecer, sin saber que ese día cualquiera terminaría por cambiar sus vidas, esta vez... de manera definitiva.