Tres disparos acabaron con mi vida. Las detonaciones que llegué a escuchar parecían lejanas, sin embargo, los músculos de mi cuerpo se relajaron y en ese momento llegué a experimentar la muerte.

Horas antes había llegado a tu ciudad, presa de desesperación y ansiedad, te buscaba para hablar cara a cara y solo así poder saldar mis cuentas con el destino que yo mismo me había impuesto. Logré comunicarme contigo por teléfono y para mi sorpresa aceptaste que nos viéramos, pero tenía que ser en tu casa, así que emprendí el camino.

En el baño del terminal de autobuses, desperdigué las 980 fotos que tenía de ti o nosotros, escogí las mejores para regalarte nuestros recuerdos, salí y busqué un taxi.

La ciudad estaba atestada de gente por lo que no lograba conseguir el medio de transporte para llegar a tu casa. Comencé a caminar, las camioneticas hacia la avenida Intercomunal pasaban pero preferí seguir andando.

Mientras seguía en la ruta que cada vez me colocaba más cerca de ti, decidí llamarte de nuevo, pero no hubo respuesta. Al cabo de unos minutos sentí que alguien me estaba siguiendo, al voltear, logré ver que un desconocido ya tenía su pistola apuntándome a la sien.

Me pidió mis pertenencias. En medio del estrés causado, pensando en ti para buscar paz, me despojé de mi iPod, mi celular y cartera. Le entregué todo a aquel delincuente que me tenía arrinconado en contra de una pared.

Le gritaba que no tenía nada más, que necesitaba seguir mi camino para verte. Mis ojos estaban cerrados, para tener tu imagen en mi mente. Al cabo de unos segundos, las tres detonaciones se escucharon y nuestro reencuentro quedó suspendido en la eternidad.

Basado en uno de mis más recientes sueños nocturnos